jueves, 12 de febrero de 2009

Los ojos de Isabel

Isabel Allende nunca había sido “santa de mi devoción”. Leí su Casa de los Espíritus con desdén masculino, pensando que esta escritora chilena nacida en Perú, había llegado tarde a contar su discurso  impregnado de realismo mágico, cuando ya Garcia Márquez y otros escritores del “boom” habían agotado el mercado y el interés de los lectores. En contra mía, y más por disciplina, seguí leyendo De amor y de de Sombra, Eva Luna, Paula y Afrodita. Fue hasta entonces cuando la vida “que no es muy seria en sus cosas,” me puso frente a frente, en una conversación con la escritora. “Escribir y conversar son celebraciones de vida”, me dijo de tajo… “cada vez que cuento una historia, de mi depende todo lo que acontece en las arenas inmóviles en donde germinan  mis cuentos, basta  pronunciar las palabras justas, para darles vida”. Sus palabras se clavaron en mi,  y  me enterré en su mirada. Sus ojos tenían la pulsación del mar a mediodía. En sus ojos leí la novela más fabulosa que pudo haber contado jamás. Los ojos de Isabel tenían el agua salada del llanto, lo diáfano y profundo de una prosa de mujer, el dulce de la seducción y la inevitable oleada de la pasión. De ahí, le he seguido la huella sin pudor, encontrando en cada texto, su mirada única. La Hija de la fortuna, y Mi país inventado, han confirmado mi vocación por Isabel Allende. Anexo una foto de esa conversación y

 un fragmento de Eva Luna:

 

Elaboraba la sustancia de sus propios sueños y con esos materiales fabricó un mundo para mí. Las palabras son gratis, decía y se las apropiaba, todas eran suyas. Ella sembró en mi cabeza la idea de que la realidad no es sólo como se percibe en la superficie, también tiene una dimensión mágica y, si a uno se le antoja, es legítimo exagerarla y ponerle color para que el tránsito por esta vida no resulte tan aburrido.

 

 

 

 

 

 

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