jueves, 12 de febrero de 2009

Hüzün

Indudablemente sentí  "hüzün" al salir del aeropuerto y subir al metro. Atardecía y las luces de Estambul se encendían como luciérnagas a lo lejos. Mi mano derecha se aferraba a la maleta y mi mano izquierda al pasamanos que me sostenía en pie, a pesar del movimiento. Durante el vuelo de Londres a Estambul, había localizado la estación que me dejaría cerca del hotel, ubicado en el área de Sultanahmet. La visión de aquella ciudad se difuminaba ante mis ojos por la velocidad, por las sombras de la tarde, por las luces intermitentes, por la llovizna pertinaz que se había desatado y cuyas gotas escurrían por las ventanillas de los vagones. Cruzamos ocho o nueve estaciones hasta que  de pronto, se abrieron las puertas, agarre mi maleta  y descendí de prisa: habíamos llegado a la estación de Sultanahmet. Camine por las baldosas húmedas aquella noche temprana y vi como algunas siluetas en blanco y negro apresuraban sus pasos por las banquetas de la calle Ishak Pasa Caddesi. Antiguas construcciones de apartamentos, tiendas de comestibles, hoteles, bares y restaurantes se apiñaban en aquella zona.  Ahí en el abigarrado corazón de Sultanahmet estaba el Hotel Ayasofya.

La cabecera alta de la cama, recubierta de satín y los pesados cortinajes arabescos de la habitación me sorprendieron al abrir los ojos. Hacia frio, camine hacia la ventana y corrí las cortinas en busca de cálidos rayos de sol.  Allá abajo, la gente arropada con abrigos oscuros, caminaba con prisa entre autobuses y autos que transitaban con dificultad entre las estrechas arterias de Sultanahmet. Baje al restaurant y desayune berenjenas en pasta, aceitunas negras, yogurt seco, pan pita untado con aceite de oliva y un aromático café turco. Regrese a mi habitación, cepille mis dientes y salí apresuradamente, depositando en un cofre sobre el escritorio de la recepción, la pesada llave de metal del cuarto.

Los vestigios de aquella civilización otomana aparecían ante mí como regalo visual inusitado, a los lados de cada acera y  en cada esquina. El frio azotaba los rostros cubiertos de hombres y mujeres que caminaban desafiando aquel día inclemente. Recorrí despacio la iglesia Hagia Sophia, (griego: Άγια Σοφία, turco Ayasofya Müzesi, español Divina Sabiduría) construida del 532 al 537, durante el mandato de Justiniano I en Constantinopla, capital del Imperio bizantino y actualmente, Estambul. Fue utilizada como iglesia cristiana durante casi mil años, desde su construcción hasta la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453, momento en que fue convertida en mezquita.

Una vez concluida mi visita a Hagia Sofia, cruce un hermoso jardín y me encamine hacia la Mezquita Azul, cuando de pronto, sus torres cobraron vida: a través de potentes altavoces llamaban a la oración del mediodía o Zuhr Azalá, oración que se pronuncia antes de que el sol haya recorrido la mitad del camino que separa el cenit, del poniente. Un ruido incomprensible para mi, mitad plegaria, mitad cantico interrumpió la calma de aquella mañana. Recorrí el exterior de la mezquita aguardando a que concluyera la Azalá; finalmente me aproxime hacia la entrada, me quite los zapatos siguiendo las estrictas normas de visita de aquel lugar. Me asombro la magnificencia del interior de aquella obra construida durante el reinado del  Sultán Ahmed I de 1609  a 1617. Alfombras interminables cubrían el piso de aquel inmenso centro de devoción, y una multitud de lámparas de aceite encendidas colgaban de monumentales candiles. Salí de la Mezquita Azul y la navaja del aire frio corto mi cara. Sentí de nuevo el afilado hüzün  clavarse en mi.

Días antes de mi viaje a Estambul, había leído el libro Istanbul: Memories and the City, de Orhan Pamuck. Fue ahí donde encontré por vez primera el vocablo turco de raíces árabes " hüzün"  o melancolía, sentimiento central de la cultura islámica. Pamuck seniala que  "The hüzün of Istanbul is not just the mood evoked by its music and its poetry, it is a way of looking at life that implicates us all, not only a spiritual state but a state of mind that is ultimately as life-affirming as it is negating." Algo me quedo muy claro al salir de la Mezquita Azul y continuar mi recorrido: irremediablemente contraje el virus de hüzün  al llegar a Estambul y aun lo tengo dentro de mi…

 

 

 

 

 

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