lunes, 9 de agosto de 2010

Candil en la calle...

Mi hijo Daniel se bajó del autobús escolar y me entregó su pesada mochila; usualmente lo esperaba dos veces a la semana durante las tardes, cuando regresaba de la escuela y juntos caminábamos hacia la casa. En ese tiempo vivíamos en Cincinnati, Ohio; Daniel tenía 8 años y cursaba el segundo año escolar ; esa tarde, Daniel  empezó a cantar el himno del Cuerpo de la Marina de EEUU que le acababan de enseñar en la escuela y  cuya estrofa decía: “From the Halls of Montezuma, to the Shores of Tripoli; We will fight our country’s battles in the air, on land and sea”. La primera parte del himno hacía alusión a la victoria de los norteamericanos en la  Batalla del Castillo de Chapultepec, durante la invasión a México y en segundo lugar, al triunfo americano en la Batalla de Derne ocurrida en 1805 en Trípoli, Libia.

Aunque estudiaba el doctorado, yo había trabajado previamente como profesor durante 12 años, dando el curso de Historia de México en el Campus Querétaro del Tec de Monterrey; al escuchar a mi hijo cantar aquel himno, lo corregí de inmediato: “Daniel, no se dice Montezuma, sino Moctezuma, con C” a lo cual respondió: “Papá, tú no sabes Historia, mi maestra sí, y ella fue la que me enseñó la canción”. Una oleada de irritación me inundó pero no quise desacreditar a su maestra y me tragué el orgullo, al tiempo que una cólera interna me devoraba las entrañas;  estaba tan contrariado que al final de la cena rechacé el postre y le dije a Daniel: “mira, antes de que empieces a hacer la tarea, vamos a ir a la biblioteca a ver unos libros de Historia de México, ahí te darás cuenta que Moctezuma, el nombre del emperador  se escribe con C y no con N; mañana, le llevarás esa noticia a tu maestra, le dije, con aire de triunfo. Al llegar a la biblioteca pública, consultamos tres libros de Historia de México, obviamente escritos en Ingles (en aquellos años ni soñar que tuviéramos internet en casa). Para desgracia mía, los tres libros incluían el nombre del emperador Azteca justamente como Montezuma con N; Daniel le volvió a echar sal a la herida: “Te lo dije; mi maestra sí sabe Historia, y tú, no!”.

Tenía esa historia casi olvidada, pero a semana pasada, al finalizar nuestra cena familiar, Gabriel mi hijo, quien cursa el tercer año de la Licenciatura en Finanzas en Florida Atlantic University me dijo: “voy a hacer una cita con algún maestro porque necesito que alguien me aconseje: no se si debo estudiar una maestría; tengo muchas dudas al respecto.” “¿Que dudas tienes?” le pregunté sintiendo que aquella misma cólera interna que experimenté 17 años atrás, empezaba a recorrer mi cuerpo, al tiempo que pensaba: “llevo años aconsejando a estudiantes y animándolos  a hacer su posgrado; no puede ser que mi propio hijo no me considere apto para aconsejarle”. Afortunadamente, mi hijo mayor se encontraba ahí enfrente y le dijo: “no necesitas hablar con nadie más, aquí está mi papá y aquí estoy yo, nosotros podemos aconsejarte”. “No gracias, ustedes los doctores no aterrizan nunca, se la pasan divagando y tienen su mente en otros mundos” respondió Gabriel. Eso era todo lo que necesitaba oír, respiré hondo, manteniendo la calma y empecé a darle una cátedra completa sobre el por qué hacer un posgrado.

“Gabriel - le dije, anteriormente se creía que hacer un posgrado era la oportunidad para buscar la especialización; los retos de la economía global han mostrado que es al revés. El reto del posgrado es la contextualización del conocimiento, en otras palabras, debes buscar complementar la formación que has logrado durante los estudios universitarios; Hay varias razones que apoyan la contextualización que permite estudiar un posgrado, el estudiante estudia un posgrado:

1.       Para ser más competitivo nacional e internacionalmente. Un posgrado te obliga a actualizar tus conocimientos; con una maestría, enfrentaras tus retos profesionales con mayor seguridad y certeza.

2.       Para diferenciarte. El posgrado desarrollará habilidades que te permitirán mejores condiciones profesionales y destacarte del resto de tus compañeros.

3.       Para ampliar tu red de contactos. Tus compañeros de clases se convertirán en una excelente red de apoyo y consulta para resolver con mejores armas los desafíos profesionales.

4.       Para  integrar conocimientos y medir capacidades. Medirás y aplicarás conocimientos en un entorno distinto y competitivo. Aprenderás no solo de tus profesores sino también del resto de tus compañeros.

Me has convencido - respondió Gabriel:  No voy a estudiar una maestría; haré un certificado en Finanzas; es más práctico, más rápido, más eficiente y más barato; un certificado me permitirá trabajar y obtener la licencia para convertirme en Analista Financiero, sin tener que pasar por ese largo proceso”.  En ese momento recordé con amargura las palabras de mi abuela, quien para todo tenía un refrán: “No cabe duda, soy candil en la calle…”

 

 

 

 

 

 

1 comentario:

  1. Ja! Creo que todos lo hemos experimentado alguna vez.

    Unas vacaciones, teniendo aquí a mi sobrino de 10 años, cualquier cosa que decía la sustentaba con la cantaleta "Me lo enseñó mi maestra".

    Durante todo ese verano no hice más que constatar que nada cambiaría sus "conocimientos" y me convencí que la maestra era -con perdón- una verdadera bestia.

    Saludos

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