jueves, 27 de octubre de 2011

Ojos de perro herido.

Vi sus ojos de perro herido; el hombre andaba por los tardíos cincuenta años,  traía la barba sin afeitar y un bigote de mosquetero antiguo; su pelo entrecano manifestaba algunas ondulaciones románticas; sus manos y dedos eran delgados y llevaba con dignidad un anillo de matrimonio en el dedo anular izquierdo; había dos signos que delataban su estado de salud: el cansancio de su piel y un rictus en su rostro que me confundía: podría ser producto de una falsa sonrisa o el resultado de un dolor punzante. Su camisa de rayas azules y el pantalón oscuro, lustroso habían conocido mejores épocas; el hombre era el vivo retrato de la derrota y parecía que sus años de esplendor y gloria habían pasado irremediablemente y solo le restaban los años de la muerte. Yo acababa de terminar  mi consulta aquella tarde con el Dr. Smith quien me acompañó a la salida; al despedirnos estrechó mi mano cordialmente y me dijo: “nos vemos el próximo mes”. Fue entonces cuando vi a aquel hombre de aura triste en la sala de espera del consultorio.

“Podría hablar con usted”? preguntó el hombre mirando con ojos lastimeros al médico que respondió de inmediato: “depende…quien es usted? su rostro me parece familiar”. “Soy un paciente y ya lo he consultado anteriormente” dijo el hombre. Al escucharlo, mi cerebro empezó a procesar inmediatamente el significado del sustantivo “paciente”. Si, el hombre había esperado pacientemente y sin chistar por dos horas según me dijo posteriormente la enfermera. “Ah, replicó el médico; quiere hablar conmigo? Haga una cita y entonces hablaremos”. El médico se dio la vuelta para regresar a su consultorio, cuando en hombre emitió un grito que parecía un aullido atroz: “traigo una arenilla atorada y el dolor me está matando, me urge hablar con usted”.

 

El médico replicó con frialdad: “si tiene dolor, vaya a la sala de emergencia del hospital más cercano”. “No” dijo el hombre, gritando fuera de sí; “en el hospital me harán estudios y análisis, me internarán al menos durante dos días, y al final, el seguro no me cubre todo, yo tendría que pagar al menos dos mil dólares y no los tengo. Prefiero pagar los trescientos dólares que usted cobra por consulta, es más, es todo lo que traigo en mi cartera” dijo el hombre. “Lo siento” dijo el médico “Si no tiene cita, no puedo atenderlo” y sin más contemplaciones, desapareció, internándose en aquel laberinto de consultorios. La enfermera intervino, ante la desesperación del hombre: “Doctor Smith, la Sra. Schwartz que tenia la cita de las tres de la tarde acaba de cancelar, ¿podría este hombre tomar su lugar? es una emergencia” balbuceó la enfermera. “De acuerdo con las políticas de nuestra clinica, si no tiene cita, no lo podemos atender; sin embargo por esta vez haré una excepción” dijo el Dr. Smith. “Páseme el expediente del paciente” le indicó el médico a la enfermera. “No lo tenemos, doctor; he enviado dos faxes al médico que lo atendía antes y no nos lo ha enviado” dijo nerviosamente la enfermera.

 

Que ha pasado en este país? En pleno 2011, tenemos un sistema de salud prehistórico. Es difícil de creer que las compañías aseguradoras dificultan en vez de facilitar la atención medica; es inconcebible pensar que los médicos aun solicitan expedientes de papel cuando los records podrían ser electrónicos e instantáneos, detallados con toda la información individual exacta; complicado también de entender la lentitud de la atención medica en casos de emergencia. Salí del consultorio del Dr. Smith pensando en las adivinaciones y posibles errores del diagnostico sin tener la información pertinente y el alto riesgo de negligencia y error a la hora de recetar medicamentos. Algo pasó en este país que ha impedido que los servicios de atención médica se hayan quedado retrasados por más de 100 años; me subí al auto y me estremecí al recordar aquellos ojos del paciente, ojos de perro herido…

 

 

 

 

 

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