viernes, 6 de marzo de 2009

La noche y el día...

Josephine oyó la voz de su marido y el corazón se le quiso salir del pecho. Al hacer alto en un semáforo, un conductor ebrio había golpeado fuertemente la parte trasera del viejo Volvo en donde viajaban su esposo James y sus dos pequeños hijos,  aquella mañana de abril. Ante el fuerte impacto, Joe y Mike, de 8 y 6 años sentados en el asiento de atrás y sin llevar el cinturón reglamentario,  salieron disparados por el parabrisas y murieron de inmediato. Josephine dice que al oír por el auricular la voz entrecortada de James, la vista se le nublo y cayó al suelo. Al despertar, abrió los ojos y tenía la esperanza de que aquello hubiera sido  un mal sueño. El conductor ebrio salió libre bajo fianza a los pocos meses, mientras que a Josephine se le canso el corazón de tanto soltar su jugo.

Conocí a Josephine dos años después de este incidente,  durante mi viaje a Montego Bay, Jamaica. El vuelo de Miami a Montego salía muy temprano e iba repleto de estudiantes universitarios que habían decidido pasar su “Spring break” en aquel paraíso de aguas diáfanas y arenas blancas llamado comúnmente Mo’Bay. Mis compañeros de asiento, dos jóvenes norteamericanos no mayores de veinte años vestían sandalias, cargo shorts  y playeras de algodón. Uno de ellos, provisto de audífonos y un I-Pod escuchó música durante la hora y cuarenta minutos que duro el trayecto. El otro durmió el sueño de los bendecidos, apoyándose en una almohadilla pegada a la cabecera de su asiento, y despertó sobresaltado ante la oleada de turbulencia que anunciaba el descenso al aeropuerto Internacional  Sir Donald Sangster de Montego Bay. Tocamos tierra a las diez de la mañana y algunos pasajeros aplaudieron la pericia del piloto de Jamaica Air durante el aterrizaje. Welcome to Jamaica, man! Dijo el piloto y la música de reggae inundo el avión, amenizando nuestro tránsito hacia el hangar. Después de pasar aduana y recoger equipaje, vi a un negro alto, robusto, con la cabeza rapada, que sostenía entre sus manos un letrero que decía: Louis Alvardo. Era James, el chofer de SOS Children Village.

Tenía una reunión a las once de la mañana y aunque el propósito de mi visita no era vacacionar, al ver las casitas tipo “gingerbread” edificadas a finales del siglo XVII y contemplar el color turquesa del mar de Jamaica, me dieron unas ganas enormes de olvidarme del mundo y meterme a nadar en aquel “agujero azul en donde se confundían el mar y el cielo”. En el trayecto del aeropuerto al orfanatorio, le pregunte a James si estaba contento de trabajar en una organización que albergaba a niños huérfanos, y además, si la institución le daba vivienda para él y su familia. “No tengo familia”, atajo con brusquedad. “Somos solo mujer y yo”, y surgió un silencio hosco e incomprensible entre nosotros.

Mi reunión con Donovan Johnson, director de SOS Children Village fue cordial.  Acordamos que yo regresaría en Noviembre de ese año, con un grupo de voluntarios durante el fin de semana del Día de Gracias para apoyar la labor de treinta parejas de adultos, denominados “Foster parents”, que vivían en minúsculas casitas con diez niños asignados a su cuidado. El orfanato consistía en una comunidad de 30 casas pegadas una a la otra, en una área denominado Stony Hill. Traeríamos juguetes, ropa y medicamentos para los niños,  así como regalos para los “padres” y les ofreceríamos breves seminarios sobre nutrición y cuidado de la salud infantil.

“Que impulsa a estas parejas a cuidar de diez niños menores, a cambio de un salario mínimo?” pregunte a Donovan. “Las razones son variadas”, respondió de inmediato. “Así como hay una historia atrás de cada huérfano, también hay una historia atrás de cada pareja. James y Josephine, por ejemplo, perdieron a sus dos hijos en un accidente, los niños han sido un bálsamo en la vida de esta pareja”.

Caía la tarde en Mo’Bay y el sol dudaba entre irse o quedarse. Donovan me invito a visitar una “familia”. Llegamos a la casa marcada con el numero uno y una mujer de mirada dulce abrió la puerta. Nos invito a pasar a la salita de su casa, en donde sus diez niños veían la televisión. Merendamos con ellos, amontonados en aquel comedor pequeño. Josephine había horneado galletas de raspadura de naranja y cortado hojas de manzanilla de su jardín para hacer el té. En su rostro no había rastros de amargura y en sus ojos tampoco había el sabor del llanto. Hablamos largas horas, de sus labores diarias y de cómo era su vida antes de llegar a SOS Children Village. Menciono la fortuna de estar ahí, para ella y para James, que ahora trabajaba como chofer, el estar involucrados en aquella institución que les había devuelto las ganas de seguir viviendo.“Amo a estos niños -dijo Josephine, porque al ver la noche de sus ojos,  veo la transparencia del día y la luz de mi esperanza ”.

 

 

 

 

 

 

 

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