martes, 10 de julio de 2012

No pictures, please!

May you grow up to be righteous
May you grow up to be true
May you always know the truth
And see the lights surrounding you
May you always be courageous
Stand upright and be strong
May you stay forever young
Forever young, forever young
May you stay forever young.

 

                                              Bob Dylan.

Irremediablemente pertenezco a la generación de los jóvenes de los años setenta; aquella era una época en que la juventud dejó de ser una condición biológica y se convirtió en categoría cultural, es decir, en un oficio más agradable que digno. Fuimos una generación altamente creativa y vivimos una época regida por el eslogan de "prohibido prohibir'' por lo tanto en nuestra juventud tuvimos una creencia firme: había que experimentar y explorar y no es de extrañar que abundaran los excesos. Desafortunadamente al pasar de los años, me enfrento a un grave problema: las fotografías de aquellos años. Mientras que los desaforados de otros tiempos podían fumar opio sin dejar rastros de sus desfiguros, los veteranos de los setenta tuvimos amigos dispuestos a hacernos el dudoso favor de retratarnos con pelo afro y nuestra camisa de anémonas. Abrir un álbum de ese entonces me horroriza porque es una oportunidad de ridículo. En el cruel presente, usar un pantalón de pata de elefante y pantalones a la cadera resultaría terriblemente cuestionable.

Por otra parte, quienes tuvimos el viento a favor en la era del pop y la psicodelia, enfrentamos actualmente severos problemas de ajuste en la vejez. La juventud fue un artículo de fe y nostalgia y nada resulta suficiente para compensar esta pérdida. El reto superior de nosotros consiste en mostrar vitalidad contra la norma. Los grandes músicos sesenteros/setenteros han ofrecido himnos para la crisis de mediana edad. Entre otros, podría citar a Bob Dylan, el optimista sin freno (Forever Young); la vengativa sensatez de Neil Young (en Rust Never Sleeps), pasando por el empate existencial de Jethro Tull (Too Old to Rock'n' Roll: Too Young to Die).

Contra toda expectativa, la música de los setenta se ha transformado en un manual de envejecimiento. Revisemos algunas de sus fórmulas para lidiar con el mezquino trabajo del paso del tiempo. 1) El caso Karen Carpenter,  el más drástico de todos: morir antes de la horrenda madurez y cautivar la memoria como alguien eternamente joven. 2) El caso Barry Manilow, ser idéntico desde el principio, siempre intenso, siempre aburrido, siempre triste (la ropa negra ayuda mucho). 3) El caso Rolling Stones: ser un viejo decrepito a los cuarenta y un fascinante viejo acabado a los cincuenta. 4) El caso Michael Jackson: asumir la edad a través de mutaciones.

Personalmente, odio escuchar expresiones como "¡qué bien conservado estás!'' y “parece que tienes el retrato, de Dorian Grey en casa”.  Estas expresiones las detesto porque siento que me roban el derecho a engordar, perder el pelo y bailar actualmente en algún antro y ser percibido como alguien que se ahoga en una alberca de fisioterapia. Los seres agitados por una melodía de 1972 éramos seres inocentes de toda ofensa.  Pero el tiempo también es generoso y entrega insólitas compensaciones. Por ejemplo, oír a Los Bee Gees en los setenta era lo menos chic del mundo. Aunque altamente populares, en la época fueron considerados músicos de las grandes masas y escasamente alabados por los grupos izquierdosos e intelectuales de los setentas; en cambio, seguirlos oyendo en la actualidad es un acto de misericordia y justicia. Hace tiempo Borges escribió: "Ah, la música, esa misteriosa forma del tiempo'', lo cual significa que la novedad permanece en los oídos. Quizás mi consejo final para estas nuevas generaciones digitales es: resístanse a la tentación de plasmar en forma narcisista sus memorias en las redes sociales; al paso del tiempo, les aseguro que se arrepentirán; aprendan a decir “no pictures please”; nunca hay que guardar demasiadas fotografías.

 

 

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