lunes, 14 de noviembre de 2011

Maria en tierra de nadie.

Caía la noche allá arriba; habíamos despegado de la ciudad de México a las 4:30 de la tarde con destino a Miami, y al ascender, el sol se ocultó rápidamente atrás de una espesa capa de nubes. Antes de sentarme miré despacio a mi compañera de asiento: era una mujer madura, de evidente condición humilde, de piel cobriza, ojos tristes y unos surcos profundos en las comisuras de su boca. Observé que sus manos jugaban  nerviosamente con una argolla que llevaba en su dedo anular. Poco a poco, el avión se quedó en tinieblas; intuí su miedo a la oscuridad y le pregunté: ¿Quiere que encienda la luz? Si, por favor señor, me dijo quedamente. Estiré mi brazo y un destello de luz alivió nuestra penumbra.

“Me llamo Luis,” le dije, buscando distraerla. “Mucho gusto, señor, yo me llamo Maria” y empezamos la conversación. Maria era una mujer que había llegado a EEUU ilegalmente en el año de 2005. Originaria de Guatemala, al igual que miles de centroamericanas, recorrió México con la esperanza de cruzar la frontera hacia el llamado sueño americano; vivió una angustiosa travesía en ese viaje de 5.000 kilómetros, en la que ella y seis amigas que viajaban juntas fueron maltratadas y abusadas por autoridades, “polleros” y delincuentes, hasta que finalmente lograron llegar a la frontera y cruzar el desierto. “ya sabíamos a lo que veníamos”, dijo valientemente Maria “por eso antes de antes de dejar Guatemala, mis amigas y yo nos inyectamos”. 

Depo-Provera, un compuesto anticonceptivo de una sola hormona llamada medroxiprogesterona que impide la liberación del óvulo durante tres meses con una eficacia hasta del 97%. Este medicamento es vendido libremente en las farmacias centroamericanas. Algunos expertos han llamado al Depo-Provera la "inyección anti-México". Se estima que entre seis y ocho de cada 10 mujeres centroamericanas son violadas en su paso por México". Conscientes de que no pueden evitar ser violadas, las migrantes centroamericanas deciden inyectarse Depo-Provera, así, al menos evitan quedar embarazadas producto de las violaciones. Aunque eso no las previene de enfermedades como el sida.

Maria me contó que en su trayecto, fue capturada por Los Zetas. Entre llanto, me dijo que a cambio de dejarla con vida, le exigieron que trabajara durante un mes como cocinera y empleada de un "carnicero": "Es el que mata a las personas que no tienen a nadie que responda por ellos. Destaza a la gente, los mete en un barril y les prende fuego. Todos los crímenes y violaciones ocurren normalmente en la noche, allá en México”, me dijo Maria, “por eso le tengo terror a la oscuridad”. El mismo carnicero finalmente la contactó con un pollero que a cambio de favores, la ayudaría a cruzar la frontera y llegar a Estados Unidos. Después de tres años, Maria se casó con un afroamericano, quien le ayudo a regularizar su estatus. “Mi esposo es un ángel”, dijo; “me ha ayudado mucho y gracias a él, ya no estoy en tierra de nadie…”

 

 

 

 

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