lunes, 19 de septiembre de 2011

Los recuerdos y el porvenir...

La vida es tan solo un soplo fugaz, frágil y transitoria; no se detiene nunca. Revisando mis notas del Blog, me di cuenta que el año pasado escribí un artículo sobre cómo conocí a Jacques Chirac, ex Presidente de Francia, en 1999; en una versión que acabo de editar, mi artículo decía más o menos así:

Susana estaba esperándome en el lobby del Hotel Nikko, sonriente y con la chispa inconfundible de la inteligencia en sus ojos; la saludé como siempre, con un beso en cada mejilla. Vestida para la ocasión, Susana llevaba un traje de coctel color verde musgo, zapatos de dos colores: verde oscuro y las puntas de charol negro y una bolsa de idénticos colores, con el sello clásico de la Casa Chanel. “-Estas lista?” le pregunté. “-Claro, pidamos un taxi, tenemos que estar en punto de las cinco y ya son las cuatro y quince de la tarde” respondió. Susana había llegado desde el día anterior a la ciudad de México. Yo había volado esa mañana; hacía varias semanas que habíamos acordado reunirnos para asistir al coctel de bienvenida del Presidente de Francia Jacques Chirac y su esposa Bernardette Chodrol de Courcet de Chirac, recepción ofrecida por el  Embajador francés en México, Bruno Delaye. Aunque me había registrado en el hotel a las tres de la tarde, tuve que hacer algunas llamadas y se me fue una media hora sin sentirla; apenas tuve tiempo de bañarme; me puse un traje Canali gris acero, una camisa blanca de puño doble, unas mancuernillas de oro blanco y una corbata de seda natural Gianfranco Ferre, en color gris con líneas negras; me apresuré a tomar el ascensor y me dirigí a buscarla en el lobby,  asegurándome de llevar en el bolsillo interno de mi saco, la invitación y una identificación oficial. Ambos requisitos eran imprescindibles tanto para el coctel como para la cena posterior que sería ofrecida en Los Pinos por el Presidente de México esa noche.

 Tomamos un taxi del hotel y un botones vestido con un impecable frac gris y negro le abrió solícito la puerta trasera derecha a Susana. Yo abordé el taxi por la puerta izquierda. Al sentarme en el auto, noté con extrañeza que Susana no llevaba alhajas y que en el cuello en vez de collar, llevaba un listón tricolor: verde, blanco y rojo, en tonos brillantes. Pensé que en alguno de sus múltiples viajes a Italia, Susana había adquirido aquel adorno y pensé incluso la marca del accesorio, tal vez Prada o quizás Fendi. A pesar del tráfico, el taxista se internó rápidamente por la Colonia Juárez hasta detenerse en el número 15 de la Calle Favre, en la Casa de Francia en México, lugar de la recepción. Había afuera un gran dispositivo de seguridad; Susana y yo fuimos recibidos por el personal de la Embajada quienes nos dijeron que éramos 40 invitados y que debíamos hacer una valla, hasta que el Presidente de Francia y su esposa, así como el Embajador francés y su esposa hicieran su entrada.

El patio de la casona había sido adornado con papel picado; habían colocado enormes fuentes y jarrones de Talavera con alcatraces blancos. En el kiosco, una banda de músicos amenizaba aquel festejo; colocados estratégicamente se encontraban jóvenes mexicanos interpretando a varios personajes que tradicionalmente se encuentran en las ferias de los pueblos de México: un globero, un algodonero,  una vendedora de flores, un vendedor de periódicos, un bolero, un organillero, entre varios más; “Susana, que te recuerda este patio?”. “Parece una estampa de la pintura Sueño de una tarde dominical en la Alameda, de Diego Rivera” respondió.“ ”Efectivamente “alcancé a responder cuando en ese momento la música se detuvo para anunciar el arribo del Presidente de Francia y su comitiva.

Esperamos el momento en que el Presidente Chirac y su esposa se acercaran. Al llegar a nosotros, el Embajador menciono nuestros nombres, y el Presidente extendió su mano hacia mí;  Madame Chirac saludó a Susana y le dijo: “Que hermoso adorno lleva usted en el cuello”. Al oír el halago, Susana reaccionó de inmediato “Es para usted” mientras se quitaba el listón y lo colocaba con delicadeza en el cuello de la primera dama de Francia. Fueron menos de dos minutos nuestra interacción e inmediatamente después continuaron con el saludo protocolario con la siguiente pareja de invitados. “Le encantó tu adorno la señora Chirac” le dije en voz baja a Susana, quien al oír mi comentario sonrió y me dijo: “Ayer al salir de mi casa, me acordé que había dejado el estuche de joyas sobre mi escritorio y como el taxista ya llevaba más de veinte minutos esperándome afuera, no quise regresarme; por lo tanto, se me ocurrió arrancar uno de los listones de mis macetas; nomas lo sacudí para quitarle la tierra y me lo traje; ese listón tricolor me costó seis pesos en el Mercado Juárez, aunque ahora por supuesto, en el cuello de Madame Chirac ya vale más…”

Doce años mas tarde, la vida ha cambiado: a Susana no la he vuelto a ver en mucho tiempo; lo último que supe de ella fue que enviudó y que su bonanza financiera se esfumó en una de las tantas crisis; supe además que tuvo que dejar el palacete neoclásico francés en el que vivió toda su vida y ahora vive en un apartamento pequeño; por otra parte, Jaques Chirac de 78 años, presidente de Francia hasta 2007, ha sido acusado de un caso de corrupción, desvío de fondos públicos y nepotismo. Los abogados de Chirac remitieron al tribunal la semana pasada un informe médico en el que se asegura que el ex presidente francés no se encuentra en condiciones de comparecer porque padece una enfermedad neurológica cercana al alzhéimer. El nombre del mal que padece Chirac es llamado anosognosia, una dolencia que impide a los enfermos darse cuenta de que pierden facultades mentales y de memoria. "Olvidan que se olvidan", explica un médico. El juicio se iba a celebrar en marzo de este año. El mismo ex presidente aseguró entonces que acudiría al tribunal y su mujer, Bernadette, lo confirmó: "Es un guerrero e irá". Pero la salud de Chirac parece haberse deteriorado en los últimos meses y no hay buenos augurios. Por mi parte, yo dejé México hace ocho años; desde el exilio, escribo semanalmente procurando juntar las astillas del prodigioso espejo de la memoria, en un intento por exorcizar los fantasmas del olvido; busco esquivar la traición de la memoria para recapturar los recuerdos y poder enfrentar mejor el porvenir…

 

 

 

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