lunes, 26 de marzo de 2012

Mas ingeniero y menos adivino.

Jamás oí el llanto; yo esperaba impacientemente en el pasillo y aunque trataba de parecer sereno, la ansiedad me consumía conforme pasaba el tiempo. La labor de parto había iniciado hacia más de una hora. Mi hijo estaba ahí adentro, apoyando a su esposa durante el alumbramiento, al igual que una enfermera y el médico ginecólogo. Los minutos transcurrían lentamente y aunque alcanzaba a oír voces allá adentro,  esperaba escuchar el agudo llanto del recién nacido. Miré mi reloj: marcaba las 12:05 de la madrugada cuando repentinamente se abrió la puerta y vi a la enfermera empujar la incubadora y a la bebe muy pálida, casi traslúcida, cubierta con una frazada y conectada a un pequeño tanque de oxigeno. La enfermera me dijo nerviosamente mientras caminaba: véala por un segundo, debemos trasladarla de inmediato a la unidad de terapia intensiva.

 

No recuerdo si toqué o no, pero empujé la puerta del cuarto de labor y vi los rostros de mi nuera y de mi hijo: mostraban una gran preocupación; las cosas no habían salido bien y con voz entrecortada me empezaron a dar algunos detalles: la labor de parto había iniciado normalmente y la cara de la bebe logro salir, pero el resto del cuerpo quedo atorado en el vientre materno, con escasas posibilidades de salir considerando el peso y la talla de la bebe.  Mi nuera había pujado hasta desfallecerse, pero todo era inútil: no había manera de extraerla. Habían intentado todo inútilmente, hasta que el médico desesperado le dijo a mi hijo nerviosamente: hay dos opciones: o le quiebro la clavícula y un brazo para poderla extraer, o bien, la sacamos en pedazos. Al quebrar brazo y clavícula, la niña cayó en shock por el intenso dolor y no pudo llorar; emitió finalmente un débil gemido. La enfermera la envolvió en un cobertor color rosado y la colocó  rápidamente en la bascula: su peso era impresionante: casi doce libras. Al revisar sus signos vitales, notaron que su pulso era débil y los latidos del corazón, inestables. Le aplicaron oxigeno y el médico ordenó trasladarla a la unidad de terapia intensiva y llamar urgentemente a un traumatólogo pediatra.

 

Abracé y traté inútilmente de confortar a mi nuera; enseguida mi hijo y yo nos encaminamos apresuradamente al pabellón de cuidados intensivos y pedimos entrar por un momento para ver a la bebe de cerca. Después de pasar por un área estéril, la enfermera nos pidió que utilizáramos unas batas y que nos laváramos las manos. Inmediatamente después logramos llegar a aquella burbuja de plástico transparente, y vimos a la niña conectada a través de la nariz y los brazos. Las enfermeras monitoreaban cada pulso, sus latidos, la presión sanguínea. “Es natural que sus signos sean completamente inestables. El dolor es profundo. Las siguientes cuarenta y ocho horas son determinantes”, dijo el medico traumatólogo que ya se habia hecho cargo del caso. “Ahora deben irse ya, si hay alguna emergencia, nosotros les avisaremos”. Mi hijo por supuesto debía regresar al lado de su esposa quien esperaba ansiosamente alguna noticia. Eran ya poco después de las dos de la mañana y aunque deseaba quedarme al lado de ellos, entendí que lo mejor era dejarlos solos y en contra de mi propia voluntad me dirigí al estacionamiento y llegué a casa a tratar de dormir un poco, por supuesto sin poder lograrlo.

 

Efectivamente, las siguientes cuarenta y ocho horas transcurrieron entre valoraciones y exámenes exhaustivos del traumatólogo, el neurólogo, y el pediatra: la bebe afortunadamente se aferró a la vida y permaneció en la unidad de cuidados intensivos durante una semana, hasta salir con una apretada malla que inmovilizaba su brazo derecho. Tres semanas más tarde, empezó a mover sus extremidades. Su nacimiento fue un caso típico de negligencia médica. El ginecólogo jamás se preocupó por realizar en los últimos días del embarazo de mi nuera, un estudio que arrojara información sobre la talla y el peso de la bebe y que por lo tanto pudiera determinar la necesidad de una cesárea.  Después de investigar sobre casos de negligencia médica, me alarman las estadísticas: los casos de muerte por negligencia y errores médicos son casi tan altos como los casos de mortalidad por causa natural. Algo ocurrió en este país con respecto a sus escuelas de medicina, extremadamente caras e ineficientes; sus currículos ignoran uso de tecnología para determinar con mayor precisión el diagnostico, la utilización de controles estadísticos, la investigación exhaustiva de variables y sus relaciones, y los diseños individuales de tratamientos y medicinas. Personalmente pienso que el médico debería ser mas ingeniero y menos adivino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 19 de marzo de 2012

El bilinguismo y sus bondades...

Muy joven tuve la fortuna de ser padre; recuerdo haber tenido una idea fija en la mente: “voy a trabajar muy duro para dar a mis hijos habilidades que les preparen para enfrentar con éxito la vida”. Siendo educador, me interesó siempre que asistieran a una buena escuela, y más aun, que pudieran desarrollar a lo largo su vida, una formación integral. Aunque nos consumía tiempo y recursos, jamás escatimamos en inscribirlos en torneos deportivos, llevarlos a clases de música, visitar museos, asistir a conciertos, hacer excursiones y visitar países; pero ante todo, la idea más importante era que aprendieran a hablar con fluidez al menos dos idiomas. Durante dos periodos distintos en nuestra vida, nos trasladamos a Estados Unidos para realizar estudios de posgrado y por lo tanto, el beneficio de la educación se extendió  a toda la familia. Finalmente, en 2003 decidimos dejar México y emigrar en forma definitiva. Mis hijos por lo tanto, crecieron en ambos países y estuvieron expuestos a las dos culturas: americana y mexicana. Como resultado, hablan Inglés y Español sin acento extranjero.

El dilema que enfrentamos ahora es que mis hijos se casaron en este país con mujeres que no hablan Español; viviendo en Estados Unidos ¿Cómo aprenderán mis nietos nuestro idioma? Aunque mis hijos son hispanoparlantes y podrían enseñar a sus hijos Español, trabajan largas jornadas y la interacción con sus pequeños es mínima. Realmente los niños naturalmente pasan largas horas con sus madres y son ellas quienes se encargan de transmitir la lengua materna. Preocupado por la posible pérdida de nuestro idioma en las nuevas generaciones de mi familia, hoy escribo sobre las ventajas del bilingüismo.

Hablar dos idiomas excede la ventaja natural de “estar mejor preparado” para vivir en un mundo globalizado. Ser bilingüe ha probado ser eficiente para desarrollar habilidades que estimulan el desarrollo intelectual del ser humano. Impacta el desarrollo de habilidades cognitivas no necesariamente relacionadas con el lenguaje y en última instancia, previenen la demencia en la edad adulta. Las más recientes investigaciones sobre la adquisición de lenguajes contradicen muchos de los supuestos con lo que crecimos y educamos a nuestros hijos en los años setenta y ochenta. En aquella época, la adquisición de un segundo lenguaje en infantes era poco recomendable por considerar que aprender otro idioma en la infancia retrasaba el rendimiento académico y creaba lagunas de confusión en el niño.

En últimas fechas investigaciones lingüísticas muestran evidencias de que en el cerebro existe la capacidad activa de aprender más de un sistema simbólico. De la misma forma que los jóvenes pertenecientes a la generación milenio crecieron con la tecnología y desarrollaron habilidades “multitasking” es decir, que son capaces de textear, hablar por teléfono, hacer la tarea en su computadora y comer pizza al mismo tiempo, asimismo una persona que aprende un segundo idioma, estimula y refuerza los músculos cognitivos. Los sujetos bilingües son más aptos, por ejemplo en la resolución de rompecabezas mentales. La experiencia del bilingüismo mejora la función ejecutiva, un sistema que dirige los procesos de atención que utilizamos para procesos de planeación, resolución de problemas y ejecución de otras tareas. Estos procesos incluyen ignorar distracciones y mantener la atención enfocada hacia la consecución de la meta o bien, a cambiar de uno a otro el canal de atención y a mantener información disponible. El mejor ejemplo para ilustrar este punto es el hecho de que al conducir tenemos la capacidad de recordar las indicaciones de cómo llegar a un destino (obviamente hasta antes de que existiera el temible GPS que ha venido a fastidiar nuestra destreza de nuestro sentido natural de orientación).

Personalmente, pienso que la diferencia principal entre un bilingüe y un monolingüe radica en la habilidad del primero para monitorear el ambiente. Un bilingüe tiene que cambiar de un canal de lenguaje al otro, (hablar con dos personas en idiomas distintos, por ejemplo) y esta acción requiere de mantener el record de los eventos que ocurren alrededor, puesto que la vida no se detiene mientras uno habla y emite ideas. Es como cuando una persona conduce, es consciente de que existe una la luz del semáforo, y a la vez se da cuenta de los transeúntes que atraviesan la calle y al mismo tiempo recuerda las indicaciones de cómo llegar a su destino.

No pierdo esperanzas que mis hijos luchen diariamente por hablar con sus hijos en Español. Tercamente yo me empeño en hacerlo cada vez que los veo y me rehúso a hablar en Ingles en mi casa. Me horroriza el monolingüismo; lo considero un gesto retrógrada y me apena, porque ha oxidado las estructuras de este país y ha reducido su capacidad de hacerle frente a los retos globales que hoy enfrenta…

 

 

 

 

 

lunes, 12 de marzo de 2012

Mexico: lo real maravilloso...

Leí Cien años de soledad a la edad de quince años; ese libro fue un verdadero acontecimiento que cambió mi visión del mundo e impactó mi percepción de la vida y sus ejes:  amor, desamor, soledad, sexo, pasión, rencor, libertad, goce y  placer;  produjo en mí la fascinación y el deslumbramiento por una idea que inunda en los textos que escribo: la contaminación entre el mundo real y la magia, conceptos derivados de lo “real maravilloso”. Sin embargo, estos conceptos han entrado en crisis y han cambiado bastante desde que apareció Cien años de soledad en 1967. La idea de lo real maravilloso, desarrollada primero por Alejo Carpentier, remite a una historia larga: Lo maravilloso es la expresión subjetiva de la razón que queda paralizada por una realidad que la rebasa, y que la obliga a quedar en suspenso, flotando en el aire. Esa sensación –la razón anonadada por la experiencia y reducida a contar y detallar fragmentos inconexos que no logra nunca someter a la lógica– se da en mundos en que la experiencia rebasa en todo a las expectativas. En esos mundos, la razón queda reducida a una función de adorno; en mundos así, el intelectual, incapaz de ser arquitecto, pasa a ser un brujo, un mago o un  alquimista, como el gitano Melquiades.

El crítico literario Stephen Greenblatt escribió hace años un buen ensayo acerca del discurso de lo maravilloso en la conquista de América. En los diarios de Colón, en las crónicas de Bernal Díaz del Castillo. Greenblatt muestra que la idea de lo maravilloso está muy presente en la conquista. Colón usa figuras e imágenes derivadas de los textos de Marco Polo y de otros inventores del género medieval de lo maravilloso. Bernal Díaz, en un fragmento que está hoy grabado en los muros del Museo del Templo Mayor, apela al libro de Amadís de Gaula, porque le faltan palabras para describir lo que vio al entrar en la Gran Tenochtitlán. Greenblatt alega, convincentemente, que el discurso de lo maravilloso en la Conquista sirvió dos funciones políticas, ambas bastante reprobables: una, propagandística (Colón tratando de vender América a los reyes católicos, en un momento en que no había descubierto más que islas llenas de cocos, indígenas y pericos); la otra, represora. Lo maravilloso servía a veces para alegar que los indios eran del todo irracionales, y que, por tanto, debían ser sometidos. Pero nada de eso quita que haya habido además un genuino suspenso de las facultades racionales de los europeos que llegaron acá.

Lo interesante de la historia de nuestra América y de México en particular, es que los momentos de lo maravilloso entran y salen cíclicamente. Lo maravilloso de la Conquista se desdibujó con la colonización, y en su lugar llegó la melancolía mundana y práctica de la sociedad mediocre que se extendió hasta finales del Siglo XIX. Todos esos mundos no volverán a ser nunca más, es un lamento que se lee una y otra vez en la literatura de nuestros escritores. Pero la carrera de lo maravilloso no terminó ahí. El mundo de la experiencia americana ha podido siempre convivir muy cerca de los límites de la razón, y de vez en cuando la vuelve a rebasar del todo. En México durante las administraciones políticas del Partido que dominó el poder por años, el Partido Revolucionario  Institucional (el nombre del partido es tan contradictorio que se torna inverosímil) es la época en la que surgen los libros de Gabriel García Márquez, poco después de la primera mitad del Siglo XX., una época en la que el surrealismo convive sin pedir permiso con la razón. México pasó en esta época de la pre modernidad a la posmodernidad sin llegar a ser moderno; la modernidad fue un esfuerzo fallido, una falsa promesa de los gobiernos priistas.

Me parece que en este momento, en México estamos a punto para un nuevo nacimiento de lo maravilloso. Tenemos, sin duda, una crisis de representación. La realidad social mexicana, pujante, creativa, y nueva, no es abarcable con los prejuicios de la razón de sus intelectuales y políticos, que están hoy reducidos al papel de artesanos, alquimistas y no de arquitectos. La ausencia de liderazgo y neuronas de los gobernantes actuales y de los que están por llegar en mi país me asusta e indigna y me parece que el hielo está a punto de llegar nuevamente a Macondo. Me alarma nuestro eterno sentimiento de soledad y desamparo que aun hoy prevalece en el campo y en las ciudades asoladas por la narco guerra. Esta situación confirma la realidad dual de nuestro país “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Sera por eso que la última línea de la obra maestra de Garcia Marquez suena profética: “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la Tierra”.

 

 

 

lunes, 5 de marzo de 2012

Un Mexico que no es...

Esa mañana de Febrero en la ciudad de México no quise tomar un taxi del hotel por dos razones: una, porque me cobraba el doble de la tarifa, lo cual me parecía un abuso  y dos, porque ahí afuera estaba Fernando, un conductor de taxi que la noche anterior me había hostigado hasta hartarme, tratando de persuadirme que fuera a “teibol dance” después de de cenar. Había abordado su taxi esa noche al bajar las escaleras del hotel y le pedí que me llevara a un restaurant de mariscos en la Colonia Condesa. Tal vez yo mismo tuve la culpa, porque me puse a conversar con él durante el trayecto; su actitud cínica y su obstinación me desesperaron. Repetidas veces le dije que no y entre más me negaba, el taxista mas insistía. Me bajé del auto francamente molesto y me juré que aunque fuera el único auto disponible en el hotel, jamás volvería a interactuar con él.

Tomé un taxi en la esquina de la calle Hamburgo y Lancaster. Al subir al auto, pregunté al chofer: “por cuanto me lleva a Santa Fe?”. “Deme unos setenta pesos”, dijo el hombre mostrando una sonrisa desdentada y amarillenta; Tenía más de sesenta años y traía un suéter de rombos mostaza, maloliente y descolorido por el uso. Cubría su calva indecente con una vieja gorra de ferrocarrilero. “Sabe usted como llegar a Santa Fe, verdad?” le pregunté rutinariamente, y casi me arrepentí a la hora de hacerlo, pensando en los muchos años que aquel hombre tendría conduciendo el auto de alquiler. “No se preocupe, preguntando se llega a Roma; tengo apenas quince días como taxista, antes yo trabajaba reparando vías del ferrocarril” me dijo. Su respuesta me dejo incómodo. Nada me perturba más que ir en un carro cuyo conductor no tiene idea a dónde va. Con mi escaso sentido de dirección es suficiente; ya no quise hacerle más preguntas, con el fin de que se concentrara en la ruta y le ofrecí una goma de mascar; el hombre aceptó encantado. Enseguida se concentró en manejar y yo tuve la maravillosa oportunidad de internarme en mis cavilaciones.

Pasear por las abigarradas y caóticas calles mexicanas con su profusión de rótulos, carteles y anuncios en vallas, postes y comercios, aquella mañana fue como recorrer una improvisada galería de arte al aire libre que explica, como pocas cosas, la aventura que es vivir en un país tan surreal como México. En esa grafía espontánea y diseños imperfectos de autores anónimos, se recogen con genial desparpajo el humor, las fantasías, incluso los secretos de las clases populares mexicanas. Desde la etiqueta del jabón de “Leche de Burra” para “esas noches especiales” hasta el combate de “El Hijo de Aníbal contra la Bestia Maligna” pasando por el prometedor streaptease de Velma Collins, todo ese arte sin querer se me presentaba frente a mí, en las calles, como una mesa opulenta, un manjar susceptible a mi análisis sociológico mañanero.

Viviendo en Estados Unidos e inmerso en el mar de Starbucks, McDonald’s, Walmarts y Target’s y todas las demás marcas internacionales, cualquier cosa que parezca hecha por un ser humano me deslumbra y me trastorna. A veces me repugna la asepsia del mundo globalizado y me aferro a  defender un diseño que no está al alcance del click del ratón de la computadora y cuyos autores nunca en su vida han tenido acceso –o siquiera soñado con tenerlo- a programas como Photoshop, Illustrator, Quark o ProTools”. O soy decadente o me encanta el “homemade look” y no puedo evitarlo.

Disfruté tremendamente del trayecto, viendo anuncios espectaculares de lucha libre, contemplé con avidez algunos impúdicos anuncios de ropa interior de hombre y mujer que demuestran una vez más que la estética y el concepto de delgadez varía de cultura en cultura; vi también anuncios de peleas de box, e incluso anuncios móviles colocados en autobuses; recuerdo uno sobre La Tacopedia, una enciclopedia de la popular comida mexicana, y un anuncio espectacular exterior, lleno de texto que decía “Véngase hoy al festival de Quebradita con Las Nachas, exuberantes, excitantes, muy moviditas “aun hoy me pregunto si Las Nachas se referían a alguna agrupación musical o a qué otra lectura podría aplicar; había también anuncios en postes y vallas promocionando los bailes populares de las bandas musicales, así como los rótulos con el que se anuncian pollerías, marisquerías y toda clase de tiendas en los barrios. Recuerdo vívidamente uno que decía: “Pollos Chuy, para pollo, po…yo”. Estuve a punto de tomar una foto al rotulo y exhibirlo en mi clase de Mercadotecnia para analizar el valor de la fonética y el tagline. Sea como sea, estos artistas callejeros autores de estos anuncios muestran que con ingenio y sin recursos han logrado crear una cultura visual que plasma las emociones y los sacrificios de la vida cotidiana mexicana.

Lamentablemente mi deambular y ansias de análisis se interrumpieron repentinamente cuando, ya casi para llegar a mi destino, el taxi se descompuso; el viejo taxista que para todo tenia solución, detuvo otro taxi inmediatamente; y en  dos minutos estaba yo entrando en  un terreno  insípido: Santa Fe con sus pretenciosos edificios de corporativos, de similares colores y ventanas rectangulares, colocados simétricamente y respetando la prosémica arquitectónica posmoderna, ejemplo de la falsa arquitectura integrada al paisaje que da la idea de un México que no es….

 

 

 

lunes, 27 de febrero de 2012

Adele, someone like you...

Never mind, I'll find someone like you
I wish nothing but the best for you too
Don't forget me, I beg
I remember you said,
Sometimes it lasts in love but sometimes it hurts instead…

                                                                                                              Adele and Daniel Dodd Wilson.

 

 

La pregunta con la que amanecí este sábado fue: ¿Habrá alguna relación entre nuestro nombre y nuestro destino?¿Qué hay de mágico o importante en nuestro nombre de pila? ¿Cuál es la herencia del significado de mi apellido y cómo impacta la vida de mis descendientes? ¿Cómo influyen mi nombre y mi apellido en mis éxitos y fracasos? La ciencia que estudia la influencia de los nombres en nuestra vida se llama Acrofonología y está muy ligada a la Astrología. Es una sabiduría derivada de la Kabalá que estudia el significado de las palabras contenidas en el Antiguo Testamento. Seguí paso a paso las instrucciones de esta ciencia para analizar mi nombre y finalmente, después de varias horas de investigación, concluí que efectivamente, pudiera haber relación entre los significados de las letras que integran mi nombre y muchos de los acontecimientos que he vivido. Siguiendo con esa línea de pensamiento, si fuera cierto lo que la Acrofonología dice al señalar que nombre es destino, parece de una lógica impecable que una mujer llamada Laurie Blue tenía que dedicarse por fuerza a cantar. La mujer en cuestión es Adele Laurie Blue Adkins, conocida sencillamente como Adele.

Es curioso a la hora de investigar sobre esta cantante, que su mérito artístico suele medirse más con números y estadísticas que con los sentidos y la intuición. Si a resultados numéricos nos atenemos, concluimos que Adele es una cantante de éxito monumental. Y en ese sentido, no deja de ser interesante que la parte más sustancial de la información que en la red y en los medios circula a su respecto se ocupe mucho más de las cifras y los récords que del contenido textual y musical de sus canciones, o de su voz. Empezar con los números básicos que definen sus logros es relativamente fácil, a lo que ayuda el hecho casual de que sus dos primeros álbumes llevan por título sendas cifras: 19 y 21. Dos Grammys por el primero, seis por el segundo. Es lo que se llama progreso profesional espectacular. Pero profundizar en la numerología de Adele puede convertirse en un ejercicio laberíntico. Por ejemplo: las publicaciones especializadas informan que en este mes, Adele se convirtió en la primera solista femenina en tener simultáneamente tres sencillos en el Top 10 del Billboard Hot 100, así como la primera artista femenina en tener dos álbumes (es decir, toda su discografía hasta la fecha) en el Top 5 del Billboard 200, así como dos sencillos en el Top 5 del Billboard Top 100 simultáneamente. ¿Queda claro? Si lo menciono es porque me parece muy significativo que una parte sustancial de la atención que se dedica a Adele tiene mucho más que ver con su calidad de fábrica de dinero que con su esencia de compositora e intérprete.

Muchos de los comentaristas que en buena hora dedican más atención a la música de Adele que a sus estadísticas suelen enfatizar la columna vertebral de blues que, supuestamente, recorre sus canciones. A riesgo de contradecirlos, me parece que la filiación de Adele está cabalmente más del lado del pop que del blues. Lo que es más extraño aún es el hecho de que continuamente se le compara con Amy Winehouse, y no ha faltado quien afirme, incluso, que Adele es la heredera de la recientemente fallecida blusera. Creo que se equivocan. La Winehouse tenía no sólo una voz mucho más interesante e inquietante, sino que en sus canciones se atrevía a explorar rincones terribles y oscuros de su alma a los que Adele aún no se ha asomado; quizá lo haga cuando sea una artista más madura. Ante la insistencia en compararlas, me pregunto si tal comparación es musicalmente válida, o se trata simplemente del hecho de que una jauría de periodistas y críticos está al acecho de Adele, esperando que tropiece y caiga como lo hizo Amy Winehouse, para darse un festín con sus restos. Después de todo, una vida personal relativamente sencilla y pulcra vende menos tabloides que una sucesión de tragedias in crescendo. Lo cierto es que ninguna figura pública merece esa clase de acecho, y lo cierto es también que Adele es una buena cantante, que ha hallado su voz y alcanzado muy temprano el éxito en su nicho de audiencia del pop. Independientemente de que me trastorne o no, deseo que esta cantante continue sin tropiezos y le haga honor explorando su apellido, el Blue para regocijo propio y de muchos...

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 23 de febrero de 2012

La Champeta

Sin dudarlo, encaminé mis pasos hacia el interior del Mercado de Bazurto en Cartagena de Indias, animado por las notas de aquella música ancestral; al caminar por aquellos pasillos tan estrechos me topaba con gente que me rozaba a pesar de mis esfuerzos por evitarlo; algunos cuerpos sudorosos pasaban a mi lado dejando un tufo a sudor mezclado con fruta fresca; niños famélicos semidesnudos corrían entre los puestos de fruta y verdura, algunos perros callejeros buscaban comida entre los montones de basura acumulada en las esquinas. Caminé entre yerberías, oí los insistentes gritos de algunos vendedores en varios puestos de ropa y el olor a carne fresca colgando de unas ganzúas me produjo náuseas; de pie, en aquellos laberintos internos, negras enormes con polleras multicolores vendían dulces y frutas tropicales: trozos de piña, papaya, plátanos y sandía. Finalmente llegué hasta una plazoleta en aquel mercado: estacionada en el centro, una camioneta pintada con estridentes colores, armada con un potente equipo de sonido contagiaba a la concurrencia a bailar frenética y furiosamente como si no hubiera un mañana; jóvenes y no tan jóvenes, untaban uno sobre otro sus cuerpos curvilíneos, “perreando” a las doce del día, bajo el sol inclemente de la costa del Atlántico Colombiano. “Qué música es ésta?” le pregunté  a Jaime, mi amigo: “Es la Champeta” me dijo sonriendo.

La Champeta es un ritmo contemporáneo, una adaptación de ritmos africanos con vibraciones antillanas e influencias de la música indígena y de la África colombiana. Esta fusión de ritmos configuró una nueva cultura musical urbana en el contexto caribeño, que se consolidó en las barriadas de Cartagena, Barranquilla y Santa Martha.  En sus inicios se difundió a través de los potentes equipos de sonido denominados picos (por las camionetas pick-up) que suenan en las verbenas y mercados populares. Se caracteriza porque la base rítmica prevalece sobre las líneas melódicas y armónicas, convirtiéndola en una expresión musical bailable en la que predominan una fuerza y una plasticidad desbordantes. Con un lenguaje popular y lleno de inventivas los champeteros cantan sus vivencias. Las letras, sobrepuestas a pistas africanas o con música original, evidencian la actitud contestataria de los sectores discriminados, que arremeten contra la exclusión social y económica o cuentan sus sueños de cambio y progreso. Hoy,  grupos modernos como Bomba Estéreo o Systema Solar han sido seducidos por este vibrante género y han alcanzado índices de popularidad en los países desarrollados, al entrar al mercado mundial apoyado por fuertes campañas de mercadotecnia.

Este no es un caso aislado. Shakira sabe lo que enciende al público masivo. Por eso ha recurrido varias veces a reguetoneros como El Cata, para asegurar sus hits. Tanto Loca como Rabiosa son piezas que este artista dominicano grabó primero pero no logró el triunfo internacional porque no contaba con la poderosa maquinaria empresarial de la colombiana.  La noticia más reciente tiene que ver con Madonna. Su nuevo single, Give Me All Your Luvin, arrastra la sospecha de plagio. Tiene un parecido evidente con L.O.V.E. Banana, una pieza de João Brasil, artista emblemático de la escena technobrega, que podría definirse como una mezcla de tecno-pop ochentero con la estética más kitsch posible. Las barriadas de América latina crean los ritmos que triunfan en las listas de ventas; son creaciones que también son valoradas entre los entendidos y la crítica más exigente. La cumbia digital y el tribal 'guarachero son dos de los ritmos más pujantes del continente

El descubrimiento y “vampirización” cultural de los sonidos surgidos en los guetos tiene especial fuerza en Latinoamérica, pero se trata de un fenómeno global. Podríamos hablar del hip-life de Ghana, el coupé-decalé en Costa de Marfil o el kuduro angoleño. Un efecto colateral de estos géneros es que conecta las llamadas ciudades miseria, ciudades del Tercer Mundo con los emigrantes desplazados a las grandes urbes. ¿Por qué tiene esta tendencia una fuerza creciente? La transferencia tecnológica, desde las computadoras baratas, los teléfonos celulares y el desarrollo de las redes sociales, han disparado la autonomía productiva de los habitantes de los barrios pobres en todo el planeta. Gracias a Internet, es posible el contagio de la mejor música de baile de nuestro tiempo.

Olvidado del qué dirán y gozando el inefable sentimiento del anonimato, sin pensarlo dos veces y para sorpresa de mi amigo Jaime, me arremangué el pantalón, me quité la camisa y los zapatos me fundí entre aquella masa humana en el mercado de Bazurto; allá arriba, una nube misericordiosa cubrió durante unos minutos los rayos solares; la música me hipnotizó y caí rendido bajo su influjo, contagiado por la epidemia de alegría desbordante, desenfadado, saboreando aquel baile de la champeta como en un conjuro mágico, con los ojos abiertos hacia adentro…

 

 

 

 

lunes, 13 de febrero de 2012

La llamada del domingo...

Hace doce años que no te llamo; durante más de veinte años te llamé cada domingo, después de las cinco de la tarde. En aquel tiempo, la telefonía era complicada y deficiente y a veces enfrentaba dificultades para comunicarme, pero mi deseo por hablar contigo era más fuerte y siempre lograba de una forma o de otra, hacer el enlace telefónico.  Por teléfono te dije tantas cosas: te hablaba de mis momentos felices en casa, de mis dificultades en el trabajo, de mis proyectos de vida, de mis anhelos de estudiar y de hacer cosas grandes; a veces te describía la ciudad en donde estaba, las cosas que había comprado, e incluso te preguntaba que querías que te regalara. Juntos aprendimos a identificar por teléfono, nuestros estados de ánimo: algunas veces te oía triste, alegre, entusiasmada, enferma, molesta, o preocupada. Recuerdo también que antes de colgar el teléfono y sabiendo que transcurrirían ocho días para conectarnos de nuevo, me decías con un dejo de tristeza. “Te quiero mucho, recuérdalo siempre; aunque estemos lejos yo estoy ahí contigo”.

 

Te marchaste hace doce años y aun hoy extraño el calor de tus brazos, el sabor incomparable de tu comida, tus gritos de alegría cada vez que regresaba a casa, de vacaciones; tu amor incondicional, la complicidad que nos unió siempre, tus regalos que siempre fueron sorpresa, tu sonrisa, tus dientes blanquísimos, tu piel morena, tus ojos claros que cada vez que nos despedíamos, se llenaban de lágrimas. Fue muy duro dejarte ir, muy difícil aceptar que te irías y que no te vería más; sin embargo, tuve la dicha de haber desmenuzado los últimos diálogos entre nosotros esa Navidad de 2000, porque sabía que el tiempo de la despedida había llegado. Fui yo mismo quien consiguió un permiso especial del médico que te atendía en el hospital, para que por unas horas, salieras en ambulancia y llegaras a casa a cenar con nosotros esa Nochebuena;  fui yo mismo quien inmediatamente después de la cena, después de medianoche, te ayudó a quitarte tu ropa de fiesta, guardar tus joyas y volver a usar tu bata de enferma. “Me siento como la Cenicienta” me dijiste sonriendo. La ambulancia y la mascarilla de oxigeno te esperaban.

 

Tú me enseñaste a ser organizado y fuerte: “a la muerte hay que verla cara a cara” me decías. Faltando escasos días para tu partida me dirigí a la casa, entré  a tu habitación y con determinación busqué en tu closet un delicado vestido de muselina color durazno, algunos accesorios e inclusive tu perfume; doblé cuidadosamente cada prenda y empaqué con esmero pensando que querías ir “bien presentada”  a ese viaje sin retorno. Posteriormente fui a la casa funeraria y elegí entre varias opciones el ataúd que consideré más digno; seleccioné el café de avellanas que tanto disfrutaste, varias opciones de té, “en esta vida lo más valioso son las opciones” decías; pedi además galletas variadas, canapés y rosquillas de pan para compartir con la gente que llegara a acompañarnos; fui también a una florería y ordené el arreglo de veinticuatro rosas que llamabas “labios pintados”; eran rosas blancas con la orilla pintada de color rosa mexicano; esa era la ofrenda floral,  mi último arreglo que compré para ti; posteriormente me dirigí al panteón y con esmero pude elegir tu última morada, un terreno ubicado en el punto más alto de aquella ciudad que tanto amabas.

 

Cansado regresé a casa esa tarde y me senté a escribir el breve discurso que pronunciaría llegado el momento. Escribí dos páginas en un tono coloquial, como si fuera yo esta vez, el que te contara un cuento que arrullara tu sueño eterno.  Corregí aquel texto como si fuera una fina joya artesanal, labrada a mano. Finalmente, esa noche, después de las nueve de la noche, regresé al hospital y el médico me dijo que habías caído en coma y que ya no me podrías responder; me acerqué al oído y te canté la canción que siempre te gustó: “El ayer”. Tu ya no podías emitir sonido, pero llevabas el ritmo que aquella canción con la única parte de tu cuerpo que podías mover: tu dedo índice; tus ojos cerrados escurrían lágrimas; te dije despacio: “duerme y descansa; hiciste un excelente trabajo; no te resistas más. Al cruzar el umbral te espera Dios con sus brazos amorosos, tendrás de nuevo un cuerpo joven, sano y feliz; vete en paz, nosotros estamos bien, duerme y descansa, mi pequeña, cierra tus ojos y sueña… “

 

Este 22 de Febrero serán ya doce años de tu partida; hoy es domingo, son poco después de las cinco de la tarde y tengo el teléfono asido entre mis manos. Cómo me gustaría marcar algún número que me conectara contigo para fundir y confundir nuestras risas y celebrar la alegría de estar juntos de nuevo. Me encantaría cantar una canción contigo, ir de compras, tomar un café y hablarte de mis triunfos y fracasos, contarte sobre mis viajes, confesarte que pienso en ti con mucha frecuencia y que he adoptado tus refranes y que son muy útiles para ilustrar lo que digo cuando doy clases. Es domingo y veo de nuevo el reloj: son ya casi las nueve de la noche. Sí, tengo que decírtelo con un nudo en la garganta: te extraño mucho, mamá…