lunes, 8 de abril de 2013

Margarita, la princesa de las entrañas tiernas...

Margarita, la mujer de Jaime Garcia Marquez venia atrás de él, caminando con dificultad, empujada por la multitud que quería saludar al escritor colombiano; entre la algarabía de la gente, me la presentó: “Mira negra, este es Luis, el memorioso y tiene toda la pinta de cumbiambero” le dijo Jaime sonriendo; era una mulata fina, nacida en Santa Marta, cerca de la Playa del Rodadero; diminuta y maciza, vestía un traje de muselina negro con lunares blancos que hacía juego con su piel de caramelo tostado, sus ojos azabache y las oscuras pecas de la nariz que arrugaba cada vez que sonreía, mostrando una hilera de dientes inmaculados. Fue Margarita precisamente  la que convenció a Jaime de conseguirme una cita con Gabito. La costeña y yo, congeniamos de inmediato: era inteligente, bella y de entrañas tiernas. Nacida como yo, bajo el signo de Tauro, fácilmente encontramos esquinas comunes; no hubo poder que venciera aquel caudal de simpatía que se desató entre nosotros. Antes de despedirnos, porque el olor de las viandas del banquete nublaba nuestro entendimiento, y ante la férrea intercesión de Margarita, los Jaimes y yo teníamos una cita a las 7:30 de la mañana del día siguiente, en la cafetería del Hotel Intercontinental; “Tranquilo, de acarrear a Gabo, me encargo yo, negrito” me dijo la diosa del Magdalena, con una sonrisa capaz de conquistar a cualquiera.

 

Al día siguiente, en punto de las seis de la mañana me despertó el vivaquear de los grillos anunciando el verano; me incorporé de mi cama de un salto felino, me bañé con agua natural y elegí un traje de paño negro, una camisa blanca y una corbata de seda color gris mate. Me vi al espejo y a pesar de mi alborozo interno, me pareció que iba vestido para asistir a un entierro. Encendí mi auto y me desplacé por las calles desiertas de Monterrey hasta estacionarme en la entrada de aquel hotel suntuoso ubicado en Valle Oriente.  A la entrada del  Intercontinental, un botones parado como estatua de cera,  bajo de estatura, moreno y regordete, con un apretado uniforme color burgandi y quepí del mismo tono, me dio los buenos días e hizo un gesto que me pareció más una genuflexión, que un saludo de cortesía.  Eran las 7:30 de la mañana en punto y al fondo de la cafetería, vi que ya estaban sentados, tomando café, el bullicioso grupo de colombianos. Saludé a la mulata con un beso en cada mejilla y estreché la mano de los dos Jaimes con una interrogante en mi mente: ¿Dónde estaba Gabo? Margarita que tenia dones naturales de adivinadora me auscultó con su mirada experta y remató, desarmándome, sin que pudiera defenderme: “no te preocupes, Gabito llegara en un momento más; siéntate y pide un café, que al final, te voy a leer los asientos y a contarte la buena fortuna”.

 

“Tráigale un café al señor” dijo Margarita al mesero escuálido que vestido con una nívea chaqueta, pantalón negro lustroso y unos zapatos de goma que conocieron mejores tiempos. Armado con dos jarras humeantes en cada mano, el mesero se acercó a nuestra mesa. “Con cafeína o descafeinado?” me pregunto tímidamente; “déselo como para levantar a un muerto” apuntó Margarita. Le di el primer sorbo y me lo acabé de prisa, diciendo: “debo advertirles que yo, después del primer café, me convierto en ser humano”.  “Negro, no me adviertas ni me amenaces y pon la taza boca abajo, sobre el plato” me dijo Margarita, “para que el sedimento del café tenga tiempo de escribir tu destino”. El sabor del café y la promesa augurera de Margarita me redimió por un instante de mis malos pensamientos. Segundos después, como parte del mismo sortilegio sentí que alguien me miraba, y en un gesto casual, miré por encima de mis lentes: ahí frente a mí, de apariencia frágil, mirada inocente y envuelto en un traje beige pálido de algodón fresco, con una camisa blanca, una ancha corbata de cuernos color café sobre fondo blanco y zapatos marrón oscuro, de piel de cocodrilo en celo, estaba el escritor más famoso del mundo.

Continuara…

 

 

 

 

lunes, 1 de abril de 2013

Siempre de parte del muerto...

Estaba sentado en el presídium bajo la luz amarillenta; apoyaba en sus manos sobre la mesa, para mantenerse erguido y  tenía el semblante adusto; se le veía extremadamente delgado,  tenía la palidez de un fantasma de esos que se asoman en las esquinas de la vieja ciudad de Cartagena. Llevaba un traje color crema de lino crudo, una camisa celeste de ceremonia y una ancha corbata de franjas diagonales en colores vino y azul que le daban la apariencia de un marinero lánguido; su bigote era abundante y blanco, como de mosquetero altivo y sus lentes brillantes se le incrustaban como crustáceos en su nariz aguileña; lo único que delataba su estado de salud, era su piel cansada y reseca. Yo me pasé las tres horas que duró aquella ceremonia interminable contemplándolo y recordando palabra por palabra, el comienzo magistral de su novela: “muchos años más tarde, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su abuelo lo llevó a conocer el hielo”. No he leído hasta ahora, el inicio de un relato que maneje con la arbitrariedad maestra, los juegos del tiempo en la narrativa.

 

Acudí a la ceremonia de la entrega del Premio para un Nuevo Periodismo patrocinado por CEMEX con una sola intención: estrechar la mano de Gabriel Garcia Marquez y buscar a como diera lugar, la forma de llegar a un acuerdo para formar una alianza entre su Fundación, el Tec de Monterrey y el Banco Mundial.  Mi idea era dar capacitación a los periodistas latinoamericanos, utilizando el renombre y la capacidad para lograr que los colegas del escritor colombiano más famoso del mundo, estuvieran dispuestos a dar capacitación; el Tec aportaría la experiencia en el uso de las tecnologías y en Banco Mundial, los recursos para otorgar becas a los participantes. Había escrito yo  previamente un proyecto escueto de tres páginas y no me llevaría más de cinco minutos exponerlo al escritor, si es que encontraba la oportunidad;  sin embargo, por dentro me decía a mi mismo que ése, no era el lugar ni el momento. Interrumpí mis cavilaciones al oír de pronto un aplauso estruendoso. Un periodista uruguayo se había llevado el máximo galardón otorgado por la Fundación Garcia Marquez en una de las varias categorías del premio. Inmediatamente después de la entrega de reconocimientos, habría un banquete en honor del escritor y los premiados, al cual yo no estaba invitado.

 

Al terminar la ceremonia, Nina Zambrano, Directora del Museo MARCO, sitio que albergaba aquella ceremonia, me presentó gentil y generosamente con el escritor. Estreché su mano y la sentí delgada, cordial y tibia. Enfundado en aquel traje caribeño, Gabo era la elegancia personificada. Afable pero parco, me saludó y se volteó inmediatamente después a preguntarle algo a su mujer, Mercedes Barcha, quien caminaba a su lado; y ahí terminó mi interacción con el ganador del Nobel de Literatura. Sin embargo, atrás de la pareja, caminaban Jaime Garcia Marquez, hermano menor del escritor y Jaime Abello, Director Ejecutivo de la Fundación. Me retrase a propósito, para acercarme a saludarlos y sin mayor preámbulo y les dije:” soy Luis Alvarado del Tec de Monterrey; leí los artículos de todos los concursantes y hay uno de un periodista colombiano que no ganó, pero que me pareció superior, por la oralidad y la frescura de su lenguaje, que recrea el habla de los niños bogotanos a  pesar de manejar un tema tan serio, como es el asesinato de jóvenes y niños, perpetrados por los grupos paramilitares” .

 

Jaime Abello replicó de inmediato: “no ganó pero estuvo a punto.” “De haber ganado, hubiera sido un premio póstumo, porque el periodista acaba de fallecer” afirmó Jaime Garcia Marquez. “Ah, pues con mayor razón –apunté; como dice  tu mamá, Jaime: hay que estar siempre de parte del muerto”. Jaime Garcia Marquez soltó una carcajada sonora; “es cierto, eso dice mamá; pero como lo sabes?” me preguntó Jaime clavándome inquisitivamente sus ojos; “lo sé porque así lo afirma Gabo en su novela Crónica de una muerte anunciada; incluso en una episodio de ésta, apareces tú, de niño, agarrado de la mano de tu mama, una mañana en que se dirigían a comprar carimañolas”. Efectivamente, dijo Jaime…vaya con tu memoria prodigiosa; yo ya había olvidado ese incidente”. Y ese comentario mío  fue suficiente motivo para que surgiera una chispa de simpatía entre nosotros, sentimiento que me llevó al día siguiente a reunirme con Gabriel Garcia Marquez a tomar un café, en el hotel Intercontinental de Monterrey, sitio en donde se hospedaba el escritor y su hermano Jaime.

                                                                                                       Continuará….

 

 

 

 

 

lunes, 18 de marzo de 2013

Mas temprano que tarde...

Harry clavó sus intensos ojos azules, y los entrecerró para poder distinguir aquel rostro, pero aun así le fue difícil reconocerla; hacia sesenta y cinco años, cuatro meses y doce días que no la veía. Shirley fue una adolescente bella, de piel blanca y trémula, dueña  de unos brillantes ojos que reflejaban el color azul turquesa del Atlántico a mediodía, su pelo rizado e intensamente rubio le caía alocadamente sobre sus hombros; su boca era roja, pequeña y carnosa; al sonreír, se le saltaban sus pómulos redondos, ligeramente enrojecidos y unos coquetos hoyuelos se le formaban en sus mejillas, dandole un aire de niña traviesa. Esbelta y diminuta, Shirley había aceptado ruborizada la propuesta de Harry ser novios a finales de Verano de 1943, iniciando sus estudios secundarios y aquella relación duró exactamente cuatro años, tres meses y seis días. Ingresar a diferentes universidades fue una prueba que la pareja no pudo superar; muy temprano, el cinco de Agosto de 1947 Shirley le envió una carta en donde le informaba al novio que daba por concluida la relación.  Al abrir y leer la misiva cruel, Harry sintió que un filoso puñal se le había atravesado en el pecho.

 

El viento que borra las huellas de la hojarasca de Otoño sopló con fuerza; varias ventiscas y cuatro tormentas de nieve cubrieron los aleros y tejados de aquella región pegada a la Costa Este y los granos pardos del reloj de arena cayeron uno a uno. Al terminar la carrera de enfermera, Shirley se caso con Todd, un eminente ingeniero civil y la joven pareja fijó su residencia en una isla cercana a Rhode Island; Harry, por su parte, concluyó la carrera de Física  e hizo lo mismo con Alice, a quien conoció el primer dia de clases en el curso de Algebra; ellos se establecieron al Este del condado de Palm Beach en la Florida.  A pesar de haber elegido diferentes destinos, durante sesenta y cuatro años ininterrumpidamente, Shirley y Harry intercambiaron tarjetas de Navidad, y a través de lacónicos mensajes que solo ellos entendían, evidenciaban que la llama del fuego de aquel verano de 1943, seguía encendida. Alice murió de cáncer en la matriz a principios de 2002 y Todd falleció de cáncer en la próstata a inicios del invierno del mismo año. Las tarjetas de Navidad de ambos, comunicaron la infausta nueva y ambos se dieron cuenta de la realidad: habían enviudado.

 

Yo conocí a Shirley personalmente a principios de 2004; era una anciana de pelo blanco, enjuta pero ágil y delgada, que caminaba con una energía inusitada, protegiendo su delicada piel con anchos sombreros de paja. Las huellas del tiempo se habían alojado en sus ojos y en las comisuras de su boca, sin embargo aquellos hoyuelos de las mejillas le habían conservado la travesura de su rostro; Shirley dejó  la isla que Todd le había heredado, para residir en Palm Beach, al lado de su flamante esposo Harry, al que trasladaba de un sitio a otro, empujando con vehemencia su silla de ruedas. Harry me dijo un dia, que en aquella única cita que tuvieron Shirley y él, aquel domingo de resurrección en 2003 fue suficiente ocasión, para que, antes de despedirse, le pidiera matrimonio a su amada. Se casaron bajo el régimen de bienes separados; Shirley disfrutaba una cuantiosa fortuna heredada de su primer marido y la utilizaba para apoyar la obra de desarrollo social que a mí me habían encomendado, durante mi trabajo en una Fundación para proteger a los niños de la calle, durante los años de 2003 a 2007. De ahí mi trato continuo con Shirley, quien me cautivó desde un principio por su conversación locuaz, su amabilidad y por su gran corazón. Sus generosos donativos llegaban a mi escritorio, sin falta, mes a mes.

 

Una tarde de Abril, en que Shirley y yo disfrutamos de un aromatico café colombiano, me confesó no era fácil acostumbrarse a su nueva vida al lado de Harry. La vejez le había sentado mal a su esposo; se había convertido en un hombre amargo y necio. Sin embargo, ella había decidido que seguiría a su lado, “para evitar tener que enviarle una tarjeta de Navidad cada diciembre. Después de todo, Harry no durará mucho-me dijo; pienso que viviremos unos seis años más”, dijo Shirley y así fue; dos años, ocho meses y diez dias más tarde, Harry fue diagnosticado con cáncer en el hígado y murió tres años, cuatro meses y catorce días después. El día de su fallecimiento, Shirley no se inmutó ni soltó lagrima alguna. Con gran naturalidad y despego, depositó su cuerpo en una casa funeraria y  sus restos fueron enviados en una carroza hasta Boston en donde, de acuerdo a su última voluntad, seria sepultado solo, dado que no tuvo hijos, ni habia familiar sobreviviente; Shirley pagó a los empleados de la casa funeraria para que lo sepultaran sin testigos, como él lo deseaba. Hombre previsor, había comprado una propiedad al lado de una frondosa acacia, en el lujoso Cementerio Oak Creek, de aquella ciudad. Shirley se quedó en Florida; justo ese día en que Harry fue sepultado, ella cumplía ochenta y cinco años. Enfundada en un brillante vestido azul turquesa, sombrero y guantes del mismo color, salió a cenar esa noche al GrandLuxe Café, con un grupo de amigas octogenarias, como ella, para celebrar su cumpleaños.

 

Hace unos meses decidí llamar a Shirley para saludarla y preguntarle por su salud. “Luis, que bueno que me llamas” dijo con alborozo al descolgar el teléfono: “estoy saliendo en este momento para internarme en una clínica de enfermos terminales acá en Hartford, Connecticut; a principios de año me diagnosticaron cáncer en el colon y decidi venir a pasar mis últimos meses con mi hija y mis nietos; sé muy bien que moriré en unos días;  gracias por tu llamada; me da gusto hablar contigo porque realmente disfruté siempre de nuestras conversaciones”. Yo me quedé mudo ante su naturalidad con que manifestaba la seriedad de su condición de salud y antes de balbucear una respuesta de consuelo, añadió: “gracias por llamarme; de hecho, esta será la última vez que hablamos; en fin, de cualquier forma, nos veremos más temprano que tarde, en la siguiente vida”. Colgué el teléfono y pensé en las sabias palabras de Shirley…sí, así es, todos cumplimos con esa cita, más temprano que tarde…

 

 

 

 

lunes, 4 de marzo de 2013

A Michelle le gusta andar de pelo suelto...

Indudablemente cuando alguien se cambia el pelo… hay algo detrás; la primera dama de los Estados Unidos cambió su imagen tres días antes de la toma de posesión de su esposo, para festejar su cumpleaños número 49: “Esto es mi declaración de una crisis de edad –dijo. Y como no puedo comprar un auto deportivo y no me dejan saltar del bungee, decidí cortarme el pelo” declaro en el programa The Rachael Ray Show. Lo cierto es que Michelle Obama está definitivamente, tras algo. Con cuatro años mas por venir como habitante de la Casa Blanca, Michelle Robinson Obama parece vivir una reingeniería de imagen estos días. ¿En qué se transformará cuando salga del capullo? está por verse.

La semana pasada fue entrevistada por la conductora de Univisión, Barbara Bermudo quien la puso a bailar al ritmo de la canción de  Pitbull  “Echa pa’ alla”. Por supuesto, ella estuvo casual, accesible y bastante rítmica; el vídeo se difunde por Internet en estos días, ganando “views”. El domingo anterior, Michelle cerró con broche de oro la noche de los Oscares. Un alumno mío que seguía la transmisión de los premios de la academia de Hollywood, me preguntó a través de inbox en Facebook: ¿Doc, cuál es tu gallo para ganar el premio de la mejor película? Yo respondí en forma inmediata: “Lincoln” y a la hora de ver que era la primera dama quien anunciaría el gran premio, dije para mis adentros: “por supuesto, ya acerté”. ¿Quién mejor que ella para gritar a los cuatro vientos que la mejor película sería Lincoln, el libertador de esclavos? pero para mi sorpresa,  no fue así. Las intenciones políticas de invitar a la Sra. Obama a anunciar a Argo como la mejor película son indiscutibles. Hay quienes piensan que Michelle Obama ha añadido más a lo que ya era demasiado. Otros la adoran y no se cansan de la sobre dosis de primera dama, con brazos tapados o los hombros al descubierto, con el pelo suelto y su nuevo flequillo o con su antiguo afro natural, con pantalones acampanados que vuelven a estar de moda, o luciendo algún vestido “vintage” diseñado por modistos inmigrantes como Isabel Toledo,Jason Wu o Narciso Rodriguez, o tal vez adquiridos (a diferencia de Elba Esther) en establecimientos accesibles a la clase media americana, tales como GAP o J.Crew.

El primer grupo de pesimistas asegura que la vida le va a pasar factura por sobre exposición a los medios. El segundo quiere ver más y más a Michelle, con o sin el pelo suelto. Con un porcentaje de aprobación del 73% —su marido tiene un 52% y la secretaria de Estado Hillary Clinton llegó a un 66%—, Michelle Obama ha encabezado hasta el momento, dos causas: su campaña llamada Let’s Move, contra la obesidad infantil, y Joining Forces, que se centra en ayudar a las familias de militares. Personalmente, pienso que la esposa de Obama busca una nueva causa. Mientras que la agenda del presidente para este segundo mandato está definida por el control de armas y la reforma migratoria, Michelle  desea marcarse un objetivo que cumplir en los próximos cuatro años. Después de observarla haciendo campaña electoral a favor de su esposo, (y este mensaje va dirigido especialmente para mis alumnos interns que trabajan en las empresas de Miami: recuerden que Michelle LaVaughn Robinson fue la mentora de un intern, llamado Barak Obama en la firma de Abogados Sdidley Austin de Chicago, en 1989; lo que ocurrió después de esta relación, es historia; así que jamás desdeñen ni el puesto de practicante, ni a sus mentores; uno nunca sabe…) concluyo que tiene ella utilizara el tiempo para posicionarse como una fuerte candidata; tiene un tremendo potencial para suceder a su marido. ¿Por qué no? A mi parece que ella vale la pena por sí sola.  Aplaudo que Michelle siga apareciendo y rompiendo esquemas en los shows de televisión; previamente ha bailado sin ningún prejuicio y con gran entusiasmo con Ellen DeGeneres; ojala que siga intentando nuevos looks, que siga abriendo espacios y que recorra el mundo con el pelo suelto…

 

 

 

 

 

 

sábado, 2 de marzo de 2013

Pico de desolacion...

Me interné en sus profundos ojos negros; una pañoleta beige, con discretos rombos color marrón, anudada al cuello, le daba un aire de dignidad y suficiencia. Agitaba sus manos al hablar luciendo el esmalte brillante y “nude” de sus uñas, y en sus dedos índice y anular de su mano derecha, luciia dos sortijas de oro macizo: uno coronado por un diamante y el otro, minimalista, delgado y reluciente.  Sentado en aquel mullido sofá de piel, en la tibieza de su sala, abrigado por toscas paredes y gruesos muros; ese espacio intimo estaba decorado con jarrones de talavera de gusto exquisito, por algunos portarretratos de madera labrada, y por algunas espigadas esculturas de plata de Taxco; en los rincones, colocadas con desdén aparente, había varias canastas de mimbre de San Juan del Rio de distintos tamaños; echando el torso hacia adelante, la mire fijamente y me aventuré a lanzar mi última pregunta, con la que finalizaba una hora de conversación con Angeles Mastretta.

“Angeles, hace poco le pregunté a la escritora Rosa Montero, ¿cuál es el papel de la verdad y la mentira en sus obras de ficción? Rosa me respondió que en sus novelas, la verdad se salvaba por las mentiras que cuenta; ¿cuales verdades se salvan en tu novela, Arráncame la vida?” Angeles sonrió enigmáticamente y respondió:”si la ficción surge de dudas que yo tengo, y mis respuestas son mentiras, entonces los libros que escribo son eso, viles mentiras; sin embargo, yo creo que la ficción es real, porque creo que al crear un mundo ficticio en una novela y hacerlo bien y fiel a mi misma, ese universo se vuelve real. Por lo tanto, lo que fue mentira, se vuelve verdad”. Reaccionando de inmediato, le dije: “Pues yo como lector y tu cómplice, creo y recreo tus mentiras y las vuelvo verdades y te quiero pedir que sigas dudando y sigas escribiendo. Al escucharme tan decidido, Angeles bajó la cabeza y dijo en voz baja:” Muchas gracias por tu deseo, porque estoy pasando por un pico de desolación para escribir; seguramente voy a salir, pero ignoro cuándo…”

Hace ya trece años que ocurrió esta conversación con la autora y veintiocho años de la publicación de su novela Arráncame la vida, cuya lectura cambio para siempre la percepción que yo tenía de la forma como escriben las mujeres en Mexico. La vida no es muy seria en sus cosas y hace trece años pensé que su respuesta era exagerada y melodramática; confieso que en ese momento no entendí ni dimensioné su aseveración de “estoy pasando por un por un pico de desolación” hasta que personalmente lo enfrenté. Lejos estoy de considerarme un escritor, pero durante años te tenido una puntual cita semanal con la escritura, independientemente de mi carga habitual de trabajo; escribir para mi ha sido mi terapia y mi salvación de la esquizofrenia; esta cita la interrumpí el 23 de Noviembre del año pasado y por estos meses, dejé de enviar mi artículo y suspendí mi Blog titulado La traición de la memoria. Por años había sido fiel a mi escritura hasta que me di cuenta que había adentro de mi un vacio que tenía que llenar de mí, antes de continuar escribiendo y pretender responder mis dudas a través de verdades o mentiras.

Las primeras semanas empecé a recibir algunos correos electrónicos de amigos, cómplices que me enviaban notas intentando animarme a seguir escribiendo. Algunos otros pensaron que tal vez había extraviado la dirección electrónica de sus correos, y por eso no estaban recibiendo mis artículos; otros más asumieron que estaba enfermo y hasta llegaron a preguntarme cómo seguía. Nada parecía aliviar mi desolación hasta que ayer viernes, al terminar la semana, de forma natural y sin proponérmelo, experimenté de nuevo un cosquilleo en el estómago y las yemas de mis dedos me empezaron a arder, sensaciones que solo se calman cuando consigo aplastar las teclas de mi tablero. Hoy sábado 23 de Febrero, reanudo mi tarea y aquí estoy, listo para continuar entretejiendo historias que buscan esclarecer el oscuro oleaje de mis días, que me ayudan a evocar otros mundos, que me trasladen a otras bahías y que evitan la irrupción de fantasmas que fomentan la traición de la memoria…

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Los verdaderos heroes de Mexico.

De pie junto, al quirófano del Hospital General de Ciudad Juárez, el doctor Arturo Valenzuela, de 45 años, se fue dando cuenta de que, hace solo tres años, a su quirófano llegaban dos heridos de bala a la semana, o a lo máximo, tres; eran todos unos tipos duros, herederos de una estirpe acostumbrada a matar y a morir según las reglas de la droga y la frontera. Sin embargo, mes a mes, la fisonomía de los heridos y de los muertos se iba suavizando hasta tener los rasgos de un hombre adolescente o de una mujer joven. Espantado, pensó en huir. "Lo tenía fácil", reconoce, "además de la nacionalidad mexicana, yo tengo la canadiense. Así que pensé que era hora de probar otra vida, de sacar a mi esposa, a mi hija adolescente y a mis padres de aquí, de ponerlos a salvo cruzando la frontera". Una frontera que separa Ciudad Juárez de El Paso. La ciudad más peligrosa del mundo, de la ciudad más pacífica de Estados Unidos.

Al tiempo que valoraba la posibilidad de marcharse, el doctor Valenzuela también iba constatando, horrorizado, que en Ciudad Juárez ya se habían acabado los sicarios de cuarenta y tantos años. Ya no se trataba, pues, de una guerra tradicional entre carteles, sino que trataba ya de una guerra total. Empujados por la pobreza, por la desigualdad, por la falta de afecto en una ciudad acostumbrada a tratar a las mujeres como esclavas –ya fuera en las maquiladoras  o en la casa-, cientos de muchachos crecidos a la intemperie de barrios sin asfalto ni escuelas, sin energía eléctrica ni agua corriente, fueron sumando las filas del único ejército que los aceptaba; sin capacidad de elegir, los jóvenes fueron subiendo rápidamente por la escalera del crimen. De halcón -el que alerta de la llegada de la policía- a camello -el que acarrea la droga. De camello a sicario. De sicario a muerto. El doctor Valenzuela pensó que la única manera de intentar interrumpir ese último salto mortal era quedarse. "Me dije que mi hija, mi esposa  o mis padres no eran los únicos que la estaban pasando mal. Que en mi conciencia no podía escribir con tinta indeleble que cuando mi ciudad me necesitó, yo me fui. Así que me senté con otros médicos a ver qué se podía hacer..." y doctor Valenzuela decidió quedarse.

"La primera marcha que organizamos fue en noviembre de 2008. Unos 200 médicos. Muchos con cubre bocas, por temor a represalias. Ya se habían disparado los secuestros, las extorsiones telefónicas y los homicidios con armas largas. Se estaba empezando a fraguar el Comité Médico Ciudadano y yo me sumé. Lo primero que hicimos fue crear una página de Internet con información práctica para enfrentar los secuestros. ¿Cómo piensa el secuestrador? ¿Cuáles son las víctimas más vulnerables? Incluso pusimos un botón de pánico para que la gente nos llamara en caso de necesidad, porque ya por entonces nadie se fiaba de la policía. Hay que tener en cuenta que en el año 2007, en Ciudad Juárez se denunciaron siete secuestros. En 2008 ya fueron 28. Al año siguiente ya había más de 200 denuncias... La gente no sabía qué hacer. Negociaban mal. Pagaban rescates espantosos. Cometían errores que ponían en peligro a la víctima. Y lo peor de todo: una vez que pagaban, ya jamás los dejaban en paz, seguían extorsionándolos. Mucha gente empezó a marcharse de la ciudad".

Esta es la historia de lo que ha sucedido en México en los últimos cinco años: los mexicanos no fueron a buscar la guerra, sino que la guerra se plantó un día en la puerta de su casa. La verdadera clase de tropa de esta guerra sin cuartel no la forman los miles de militares sacados urgentemente de los cuarteles o los miles de policías federales instruidos a toda prisa, conectados a una máquina de la verdad para certificar la pureza de sus intenciones, armados hasta los dientes después y finalmente puestos a patrullar en ciudades que a muchos de ellos les resultan hostiles y remotas. Los verdaderos soldados a la fuerza de esta guerra son los ciudadanos que deciden apretar los dientes y seguir sirviendo a sus comunidades; esos son los héroes de la guerra que ha llegado para destruir Mexico… (continuara).

 

 

 

 

martes, 20 de noviembre de 2012

El dia de los Veteranos.

Tomó un sorbo de café y me clavó sus intensos ojos azules, interrogándome: “hoy celebramos el Día de los Veteranos, ¿tienen alguna celebración similar, allá en tu país”. Esa mañana llegué  temprano a la oficina y antes de conectar mi lap top, me dirigí como de costumbre, a la cocineta, lugar en donde usualmente me encuentro con otros inquilinos quienes compartimos oficina en el mismo piso y que silenciosos, como yo, buscamos  un café que nos ayude a enfrentar los retos y las ocupaciones del día; ahí me encontré con George Cohen, mi vecino, un neoyorkino espigado y flaco, narigón, de escaso pelo entrecano y piel traslúcida; mi oficina es la 111 y de George es la 112 y aunque lo veo a diario, nuestra interacción en tres años jamás había pasado del saludo. Dado que las paredes oyen, yo escucho a diario sus conversaciones con sus clientes y me doy cuenta por su timbre de voz firme y enérgica, que tiene una personalidad directa y autoritaria. Su pregunta me sorprendió, era la primera vez que interactuaba conmigo en todo este tiempo y no dudé en responderle “No tenemos”, le dije, “aquí en Estados Unidos ustedes festejan a los veteranos que eligieron ir a la guerra; los festejan y los honran por su servicio a favor de la seguridad del país; En Mexico, nosotros no hemos tenido que decidir ir a la guerra, sino que la guerra vino a buscarnos; y ahora que lo pienso, nosotros deberíamos implantar un dia para honrar la memoria de nuestros héroes anónimos”.

Efectivamente, mis paisanos mexicanos que viven allá, del otro lado del río, no tuvieron que irse a la guerra, sino que la guerra misma vino a buscarlos. Desde 2007 hasta ahora, más de 40.000 mexicanos han muerto víctimas de la guerra que sostienen calle a calle las organizaciones criminales y el Gobierno de Felipe Calderón. Día tras día, los periódicos cuentan historias espeluznantes de matanzas, decapitaciones, policías y políticos corrompidos por el narcotráfico. El mal, se ha infiltrado en la vida cotidiana de México. El resto del paisaje lo conforman unas autoridades sin prestigio ni credibilidad y una sociedad asustada y desvertebrada, como ausente, sin capacidad de alzar la voz sobre el tableteo constante de las armas de alto poder. Sin embargo, de un tiempo a esta parte van saliendo a la luz historias de gente corriente que, lejos de claudicar o brincar la frontera hacia Estados Unidos, decidió anteponer la dignidad al miedo y enfrentarse al terror, muchas veces con la única protección de su pecho descubierto.

¿Cuáles y cuántos son nuestros “veteranos” o héroes de guerra? Debe haber muchos, yo citaré solo a  algunos: Arturo Valenzuela, es un médico cirujano de Ciudad Juárez que fue percatándose de que los sicarios a los que trataba de salvar la vida cada vez se parecían menos a él -un hombre de 40 años- y más a su hija adolescente, y en vez de emigrar a Canada, aprovechando que tiene doble nacionalidad, sigue trabajando en Mexico y salvando vidas; Martha Rivera Alanis, una maestra de Monterrey que mantuvo a su grupo de niños de kínder cantando una canción, acostados en el suelo, sin levantar la cabeza mientras una ráfaga de tiros irrumpía la tranquilidad de la zona en que se ubicaba el plantel escolar; Maria Santos Gorrostieta, una alcaldesa de Tiquicheo Michoacán, que un día -después de que unos criminales mataran a su marido- se levantó la blusa y mostró su cuerpo roto a tiros y su decisión de no claudicar; desafortunadamente, hace unos días, fue finalmente fue asesinada. Jaime Rodriguez, el alcalde de Garcia, Nuevo León al que los criminales ya han emboscado tres veces, llevándose por delante a varios de sus escoltas. Javier Sicilia, un poeta que perdió a su hijo y ahora recorre el país intentando a duras penas resucitar la conciencia cívica, el orgullo de ser mexicano. Son los nuevos héroes. El México heroico que lucha contra el México salvaje.

Me despedí esa mañana de George dudando que hubiera entendido mis argumentaciones, pero realmente me importa poco lo que pueda pensar; jamás olvido que en esta guerra infame que vivimos en Mexico  nosotros ponemos los muertos y nuestros vecinos las armas, apuré mi sorbo de café, dispuesto a iniciar mi trabajo aquella mañana y por alguna razón, me supo más amarga que de costumbre, pensando: “qué lástima que no tengamos en México un día definido para honrar la memoria de tantos héroes de esta guerra indeseable y me comprometi conmigo mismo en buscar información y contar sus historias y a eso me dedicaré, en las siguientes semanas….

Continuará.