jueves, 25 de marzo de 2010

Tears in Heaven

Beyond the door there is peace, I am sure

And I know there'll be no more

Tears in heaven…

 

Tenía tan solo 17 años cuando llegue a estudiar a Monterrey; llevaba en mi maleta guardadas con extremo cuidado, ilusiones y metas por cumplir. Era muy joven y no sabía cómo, pero tenía muy claro que mi vocación para alcanzarlas era fuerte; no sabía cuando iba a realizarlas, pero tenía en mente que lo lograría; no sabía por qué, pero se me había dado el privilegio de estudiar en una escuela reconocida y era una oportunidad única que no iba a dejar pasar de largo. Esa noche de septiembre, hacía calor; salí del dormitorio en donde vivía, adentro del Campus y cruce la Avenida Eugenio Garza Sada, (que en ese tiempo se llamaba Avenida Tecnológico). Cuando alcance a llegar a la otra acera, escuche muy cerca algunas ráfagas de metralletas; no sé cómo pero alcance a correr y a refugiarme en el Super 7 que se encontraba a escasos metros del lugar. Al llegar adentro de la tienda, se encontraban muchos estudiantes que como yo, no sabíamos que pasaba, pero entendíamos que estábamos en el lugar equivocado, a la hora equivocada.

 

Los soldados del ejército federal entraron violentamente al Super 7 y empezaron a registrar con brusquedad y a empujones a todos los estudiantes que agazapados y llenos de temor, alcanzábamos apenas a balbucear nuestros nombres, a responder de donde éramos, a pronunciar la carrera que estudiábamos y a decir el nombre del lugar en donde vivíamos; algunos llevábamos identificaciones con nosotros; algunos otros no, habían salido sin meditarlo, a comprar un refresco o tal vez un café para acompañar la vigilia y continuar estudiando; en mi caso, llevaba en mi cartera el documento que me acreditaba como alumno de Ingeniería Industrial del Tecnológico de Monterrey y los soldados del ejército, quienes buscaban a un grupo guerrillero “comunista” que se escondía en esa área, después de interrogarme brevemente, me dejaron libre.

 

Hace poco menos de cuarenta años de ese incidente; la memorias y las imágenes de aquella noche vinieron a mí, como bestias para acorralarme de nuevo en estos días, cuando me enteré que dos estudiantes de excelencia murieron en un fuego cruzado entre narcotraficantes  y el ejército, justamente enfrente del campus del Tec de Monterrey. Cuantos sueños pendientes y cuantos logros incumplidos han quedado inertes y rodaron por el suelo esa noche fatal; cómo explicar lo sucedido y como consolar a esos padres que perdieron injustamente a sus hijos en el torbellino de un país que convulsionado busca liberarse de los efectos devastadores de las drogas; el estertor de muerte se ha apoderado del país y de sus habitantes.

 

No tengo palabras para consolar ni confortar a nadie; me ha quedado de esta impresión, una ronquera crónica. Sin embargo, tengo la esperanza que la oscuridad del túnel que ahora vive México, nos lleve a encontrar una luz y una salida; me avergüenza heredar a los jóvenes de esta generación, un país devastado; y lo único que se me ocurre es que antes de que sea demasiado tarde, nos reunamos  viejos, adultos y jóvenes para proponer, imaginar  y construir desde las cenizas, un nuevo amanecer.

 

 

 

 

 

lunes, 22 de marzo de 2010

Practico

Humero me miro detras de sus anteojos con una mirada fija; “mis arepas son las mejores y las mas saludables de Bogota y sus alrededores” me dijo con certidumbre. “No llevan grasa, y se hacen con granos de elote fresco molidos diariamente; llevan mantequilla natural y no la margarina que contiene aceite hidrogenado que es casi plastico; el queso que le pongo encima, es queso bajo en grasas” agrego convencido de sus argumentos. Vi el letrero de “Arepas de Humero” desde la camioneta en que transitaba por las calles de Bogota y le pedi al conductor que se detuviera, para probar una de aquellas delicias. Eran las diez de la maniana y el hambre me impedia pensar.

“Quiero una arepa con queso” le dije al hombre que atendia el puesto y con una sonrisa adivinatoria me respondio: “Usted es Mexicano, verdad?” “Y usted, Barranquillero” le dije como respuesta. “Como supo?”respondimos los dos al unisono,  y a partir de ese momento se dio entre nosotros una cordialidad incondicional. Humero habia dejado la costa del Atlantico Colombiano para mudarse  a Bogota hacia cinco anios;  habia empezado aquel puesto de arepas en un local de tres metros cuadrados en un barrio de clase popular. Segun me dijo, la pulcritud extrema del local y la frescura de los ingredientes le habian hecho ganar clientela; hacia un anio habia comprado el supermercado anexo, llamado“Las Tres Elles”. La antigua propietaria, una viuda cansada y vieja le habia traspasado el negocio por una cantidad muy por debajo del precio real y Humero decidio usar un dinero, product de sus ahorros de cuatro anios de trabajo y pedir un pequenio prestamo al Banco, “para completar y reunir una cantidad digna para ofrecerle a la viuda” dijo Humero. Su hijo mayor se habia hecho cargo de atender el supermercado, mientras el barranquillero habia preferido seguir a cargo de la venta de arepas.

“Cuantas arepas vende al dia?” le pregunte . “Unas doscientas, mas o menos” respondio sin titubear. “Y los clientes tienen  que venir personalmente o tiene usted entrega de arepas a domicilio?” solte la pregunta como si nada y Humero abrio los ojos. “Nunca habia pensado en eso” respondio sonriente, “pero me ha dado usted una buena idea”. Mientras hablaba, cocinaba con destreza: habia abierto la arepa en dos, le habia untado mantequilla y le habia dado dos vueltas; posteriormente habia agregado abundante queso fresco y una vez derretido, Humero agarro habilmente la arepa con una tenaza y me la sirvio en un plato. “Espero que le guste” me dijo mientras me pasaba la arepa; “le puedo ofrecer una aguita helada de coco, cortesia de la casa?” me pregunto; “por supuesto” respondi emocionado. Humero saco un coco de la nevera, previamente le habia quitado la corteza y agarrando un cuchillo, le hizo una hendidura, coloco un popote y me paso aquella bebida refrescante y maravillosa. Mientras comia,sintiendo que en cada pedazo probaba un pedazo de cielo y en cada sorbo, bebia el agua magica del tiempo, vi a Humero escribir con un plumon de tinta negra sobre un cartoncillo blanco: “Se necesita joven Practico, para entrega de domicilios y oficios varios; traer hoja de vida”; al terminar de escribir, coloco el cartel inmediatamente en la pared de su local.

“Cuanto le debo?” dije al terminar mi desayuno; “Nada, porque usted me dio la idea de contratar a un practico” respondio sonriente . “En el centro de Mexico, al practico le llamamos “mandadero”, y mas antiguamente, le deciamos “propio”, por considerarlo como propiedad,  era parte del personal de servicio domestico que vivia en casa ” le dije al hombre; “Alla en Barranquilla le llamamos “practico”, porque usualmente son jovenes que practican, que estan aprendiendo un oficio” respondio Humero. “Me gusta mas ese sustantivo “practico” en vez de “mandadero” o “propio” porque todos, inclusive usted y yo debemos ser practicos o aprendices en esta vida y de por vida” le dije al despedirme y le extendi un billete de 20 pesos colombianos; “acepteme por favor el dinero, porque usted me ha enseniado el uso de una nueva palabra” y deje el billete sobre el mostrador. Antes de arrancar la camioneta, voltee a ver a Humero a traves de la ventanilla; ambos sonreiamos, satisfechos de nuestro aprendizaje, nos habiamos re-conocido; ambos eramos practicos…

 

 

domingo, 14 de marzo de 2010

El ceviche peruano

Senti el acido sabor del limon en el primer bocado de ceviche y despues de  paladear el aji rocoto que le daba un sazon especial a la carne jugosa y fresca de la corvina, y le dije a Carlos Bolonia, Ministro de Economia y Finanzas quien me habia invitado a Lima, que "muy pronto habria en el mundo un lugar y un espacio tan importante para el ceviche peruano, como el sushi japones, los tacos mexicanos y la pizza italiana y que deseaba que el ceviche jamas cayera en una version americana". Diez anios mas tarde, el tiempo quien me ha dado la razon: hoy en las principales ciudades de Latinoamerica y en las grandes ciudades de Norteamerica encontramos siempre un espacio para la excelente gastronomia peruana y el ceviche sigue conservando su sabor original.

Llegue a Lima los primeros dias de Octubre de 2000; el secretario particular de Carlos me habia hecho reserva en el Radisson San Isidro, hotel enclavado en una de las zonas mas privilegiadas de Lima; era un pequenio pero exclusivo hotel boutique ubicado en la Avenida Las Palmeras numero 240. El chofer del Ministro de Economia habia quedado de pasar por mi a la una y treinta de la tarde; el sitio seleccionado por Carlos para almorzar me deslumbro por su riqueza historica: La Huaca Pucllana, restaurant que originalmente era un yacimiento arqueologico justo en el corazon de Miraflores, el barrio en donde ha vivido por anios el escritor Mario Vargas Llosa.

Era un dia nublado de Octubre, y el color gris de aquella tarde no era sorprendente; en Lima nunca llueve, pero tampoco sale el sol. Esta curiosa condicion, por su vecindad con el Mar de Miguel Grau, como se conoce alla al Pacifico, que a esta lechosa durante todo el anio. De noche, no se ven estrellas en la capital peruana; la playa es de cantos y no de arena, por eso las olas hacen un particular sonido al romperse y de norte a sur, se levanta un acantilado rocoso que se ha convertido en el rostro de Lima.

Eran casi las dos de la tarde cuando vi de lejos, a Carlos Bolonia llegar al restaurant: cercano a la cincuentena, alto, rubio y corpulento, vestido con un traje ingles color azul marino y delgadas rayas gris oxford, corbata gris y un panuelo del mismo tono que asomaba apenas en su bolsa superior derecha; egresado de un doctorado en Economia de la Universidad de Oxford, Carlos era una autoridad en su area y un hombre exitoso en los negocios. Lo conoci en Mexico y conocia su aprecio por  la buena mesa, el buen vino y la buena conversacion, y anticipaba  que aquella seria una larga y entretenida tertulia, preambulo de la alianza que seguramente podriamos concretar al final de aquella comida. "Pide un ceviche de corvina para empezar" me dijo Carlos y asi lo hice: en unos cuantos minutos tenia frente a mi, una bandeja generosa con trozos de corvina, que segun palabras del capitan de meseros habia sido pescado esa maniana en Villa Maria y trasladado de inmediato desde el Callao; al probar el primer bocado, pude identificar el sabor de sus ingredientes: limon fresco, aji limo, cilantro, sal, ajo, kion y cebolla roja en plumas. La bandeja venia acompaniada de choclo, cancha y camote sobre hojas de lechuga.

"La gastronomia peruana se ha construido a punta de mestizaje"dijo Carlos; "en la vieja olla del inca han metido mano espanioles, japoneses, africanos y chinos; cada uno ha dejado su sazon" agrego. "La coccion del limon duraba dos o tres horas de acuerdo con la tradicion culinaria de los incas; sin embargo, los japoneses son amantes del pescado crudo y por tanto ahora nuestro fresco filete pasa por el limon durante dos o tres minutos" continuo; "los chinos trajeron lo suyo, especialmente con los salteados y su salsa de soya; los africanos trajeron entre otros platos, los anticuchos, esos pinchos de corazon de res que son considerados manjares dignos de un rey" finalizo Carlos.  "Mario Vargas Llosa me dijo hace poco y con sobrada razon que mas que una evolucion, la cocina peruana es toda una revelacion y una revolucion en el extranjero: los chupes de camarones, los piqueos, las pachamancas, el lomito salteado, el aji de gallina, el ceviche y el suspiro limenio atraen tantos turistas como Cuzco y Machu Pichu" le dije a Carlos, quien muy serio me respondio: "Aunque no comulgo con las ideas politicas de Marito, debo reconocer que el miraflorino tiene razon; siempre he preferido a Vargas Llosa como escritor pero como politico, mas le valdria quedarse callado". En parte le doy la razon a Carlos; Vargas Llosa tiene aun mucho que contarnos…

  

 



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sábado, 13 de marzo de 2010

El autobus numero uno.

"La humanidad ha entrado en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas; el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global. La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras." Dijo Gabriel Garcia Marquez en el discurso inaugural del Primer Congreso de la Lengua y las Nuevas Tecnologias en la maravillosa ciudad de Zacatecas, Mexico en 1997.
"Nuestra lengua desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros". Esas fueron las palabras finales de Gabo y un estruendoso aplauso resono en aquella sala replete de escritores, periodistas, gente del oficio de la escritura, que segun el Nobel Colobiano, "es el oficio mas antiguo del mundo".
Llegue a Zacatecas la noche del 6 de abril de 1997 invitado para impartir una charla dentro del marco del Congreso y me registre en el Hotel Quinta Real. La sensibilidad de los arquitectos que remodelaron ese hotel me conmovio: jamas habria podido imaginar que una plaza de toros se pudiera convertir en aquella posada majestuosa; sus burladeros se remodelaron para convertirse en restaurants y bares;  sus gradas albergaban macetas y plantas que le daban un sentido de estetica integrado al paisaje y contrastando con el cielo azul y las limpidas nubes zacatecanas. Posteriormente me dirigi al escritorio en donde varias edecanes registraban a los expositors y participantes del congreso. Al entregarme mi gafete, la edecan amablemente me indico que debia estar en punto de las siete y treinta de la maniana en el lobby del hotel, para tomar el autobus que me trasladaria a un edificio del centro historico en donde se efectuaria la ceremonia de inauguracion al dia siguiente.
Confieso queesa noche  me desvele en el bar del hotel, llamado El Tentadero, animado por la presencia de escritores, politicos y celebridades internacionales que continuaban llegando al hotel sede. Despues de una cerveza y un par de tequilas, llegue a mi habitacion alrededor de la medianoche; el cansancio del viaje y el sopor causado por los tequilas me vencio; antes de dormir, puse la alarma del reloj colocado encima de mi buro a las seis y treinta. Al dia siguiente, un rayo de sol hirio mis ojos y al ver la hora, me incorpore de inmediato: eran las siete y quince de la maniana. Me banie y vesti tan rapido como pude y corriendo llegue al lobby en donde vi a dos autobuses listos para partir. Una edecan al ver mi gafete, me indico que me correspondia tomar el autobus numero dos; sin embargo, ya no habia asientos disponibles. Sonriendo me dijo, "vamos a ver si en el autobus numero uno hay todavia un lugar" dijo la edecan y a gritos le pidio al chofer que abriera la puerta.
Al subir al autobus numero uno, me sorprendi al ver a los pasajeros; comodamente sentados en sus respectivos asientos estaban estaban el Rey Don Juan Carlos y la Reina Sofia, Gabriel Garcia Marquez y Mercedes, su esposa; Camilo Jose Cela, Elena Poniatowska, Laura Esquivel, Jacobo Zabludovski, Miguel Aleman, Miguel de la Madrid, Jose Luis Cuevas entre otras veinte celebridades; me sente al lado de Sergio Ramirez, escritor y Vicepresidente de Nicaragua; Alla afuera en las calles, miles de personas saludaban agitando banderas ante el paso del autobus que anunciaba la presencia de sus majestades, los Reyes de Espania. Al llegar al edificio donde se llevaria a cabo la inauguracion, el autobus numero uno no se detuvo en la entrada principal, sino que se estaciono en la parte de atras y por una puerta lateral, llegamos al interior del recinto en donde habian dos hileras de asientos reservados para los invitados especiales; con satisfaccion, me sente en primera fila, al lado de Jose Luis Cuevas y con mis sentidos abiertos, escuche desde primera fila el discurso inaugural de Camilo Jose Cela, me deleite oyendo a Octavio Paz quien a traves de videoenlace se dirigio a la audiencia y finalmente, escuche al famoso colombiano defender la libertad y autonomia del lenguaje; aquella maniana me senti dichoso de haberme equivocado: en vez de poner la alarma a las seis y media de la maniana, lo puse a las seis y media de la tarde, despues de todo, no por mucho madrugar, amanece mas temprano... 
 


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sábado, 27 de febrero de 2010

En el cuello de Madame Chirac...

Me fue difícil localizarla entre tantos turistas japoneses que había en el lobby del hotel; algunos conversaban en círculos; otros veían un mapa y le hacían preguntas al guía;  algunos mas estaban sentados en los mullidos sillones revisando imágenes en el visor de sus cámaras digitales. Finalmente la encontré; ahí estaba, sonriente y con una chispa inconfundible en el brillo de sus ojos. La saludé como siempre, con un beso en cada mejilla. Vestida para la ocasión, Susana llevaba un traje de coctel color verde musgo, zapatos de dos colores: verde oscuro y las puntas de charol negro y una bolsa de idénticos colores, con el sello clásico de la Casa Chanel. “-Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas” le dije a manera de saludo, citando el “Romance Sonámbulo” de Federico Garcia Lorca. “-Verde, pero no de envidia” respondió Susana, sonriente. “ -Así es, mi querida Susana, la envidia es amarilla y verde, la esperanza” respondí sin titubear. “-Estas lista?” le pregunté suspendiendo nuestro juego lingüístico. “-Claro, pidamos un taxi, tenemos que estar en punto de las cinco y son ya pasadas las cuatro de la tarde” respondió Susana.

 

Mi amiga Susana había llegado desde el día anterior a la ciudad de México porque tenía que arreglar algunos asuntos en la Alianza Francesa. Yo había volado esa mañana y hacía varias semanas que habíamos acordado reunirnos ese preciso día, en punto de las cuatro de la tarde para asistir al coctel de bienvenida del Presidente de Francia Jacques Chirac y su esposa Bernardette Chodrol de Courcet de Chirac, recepción ofrecida por el  Embajador francés en México, Bruno Delay. Aunque me había registrado en el hotel Nikko a las tres de la tarde, tuve que hacer algunas llamadas y se me fue una media hora sin sentirla; apenas tuve tiempo de bañarme; me puse un traje Canali gris acero, una camisa blanca de puño doble, unas mancuernillas de oro blanco y una corbata de seda natural Gianfranco Ferre, en color gris con líneas negras; sabiendo de antemano la puntualidad inglesa de Susana, me apresuré a tomar el ascensor y me dirigí a buscarla en el lobby,  asegurándome al dejar mi habitación, de llevar en el bolsillo interno de mi saco, la invitación y una identificación oficial. Ambos requisitos eran imprescindibles tanto para el coctel como para la cena posterior que sería ofrecida en Los Pinos por el Presidente de México esa noche.

 

Tomamos un taxi del hotel y un botones vestido con un impecable frac gris y negro le abrió solícito la puerta trasera derecha a Susana. Yo abordé el taxi por la puerta izquierda. Al sentarme en el auto, noté con extrañeza que Susana no llevaba alhajas y que en el cuello en vez de collar llevaba un listón tricolor: verde, blanco y rojo, en tonos brillantes. Pensé que en alguno de sus múltiples viajes a Italia, Susana había adquirido aquel adorno y pensé incluso la marca del accesorio, conociendo los gustos de mi amiga,  tal vez Prada o quizás Fendi. A pesar del trafico, el taxista se internó rápidamente por la Colonia Juarez hasta detenerse en el numero 15 de la Calle Favre, en la Casa de Francia en México, lugar de la recepción. Había afuera un gran dispositivo de seguridad y efectivamente las medidas eran estrictas para ingresar; Susana y yo fuimos recibidos por el personal de la Embajada quienes nos dijeron que éramos 40 invitados y que debíamos hacer una valla, hasta que el Presidente de Francia y su esposa, asi como el Embajador frances y su esposa hicieran su entrada y que cada invitado tendria la posibilidad de saludar brevemente al Mandatario de Francia. El patio de la casona había sido adornado con papel picado de colores multiples; habían colocado enormes fuentes y jarrones de Talavera con alcatraces blancos. En el kiosco, una banda de músicos amenizaba aquel festejo; colocados estratégicamente por aquel enorme patio,  se encontraban jóvenes mexicanos interpretando a varios personajes que tradicionalmente se encuentran en las ferias de los pueblos de México: un globero, un algodonero,  una vendedora de flores, un vendedor de periódicos, un bolero, un organillero, entre varios más; “Susana, que te recuerda este patio?”. “Parece una estampa de la pintura Sueño de una tarde dominical en la Alameda, de Diego Rivera” respondió. “Efectivamente, e inclusive colocaron en jarrones los alcatraces, que eran las flores preferidas de Diego” le dije y en ese momento la música se detuvo para anunciar el arribo del Presidente de Francia y su comitiva.

 

Formados en la valla esperamos el momento en que el Presidente Chirac y su esposa se acercaran a nosotros para saludarlo. El Embajador iba presentando a cada invitado; A Susana y a mí nos habían colocado casi al final. Al llegar a nosotros, el Embajador menciono nuestros nombres, y el Presidente extendió su mano hacia mí;  Madame Chirac saludó a Susana y le dijo: “Que hermoso adorno lleva usted en el cuello”. Al oír el halago, Susana reaccionó de inmediato “Es para usted” mientras se quitaba el listón y lo colocaba con delicadeza en el cuello de la primera dama de Francia quien con una sonrisa le agradeció tan amable gesto. Fueron menos de dos minutos nuestra interacción e inmediatamente después continuaron con el saludo protocolario con la siguiente pareja de invitados. “Le encantó tu adorno la señora Chirac” le dije en voz baja a Susana, quien al oír mi comentario sonrió y me dijo: “Ayer al salir de mi casa, me acordé que había dejado el estuche de joyas sobre mi escritorio y como el taxista ya llevaba más de veinte minutos esperándome afuera, no quise regresarme; por lo tanto, se me ocurrió arrancar uno de los listones de mis macetas; nomas lo sacudí para quitarle la tierra y me lo traje; ese listón tricolor me costó seis pesos en el Mercado Juarez, aunque ahora por supuesto, en el cuello de Madame Chirac ya vale más…”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 21 de febrero de 2010

Suite 600

Llegué a Knoxville, Tennessee en el vuelo 2052 de Delta a las 11:45 pm y no me esperaba nadie. Al salir del aeropuerto a tomar un taxi, la navaja del viento invernal me cortó la cara; era una medianoche helada y caían gruesos copos de nieve como hojuelas blancas sobre el asfalto húmedo. El taxista, un hombre de edad mediana olía a cigarro y sus dientes eran amarillentos; traía el pelo largo lleno de canas y un bigote mal cortado; vi sus manos sucias y las uñas largas asidas al volante.“ A dónde lo llevo? Me pregunto; “al Sheraton Cumberland” respondí. El taxista salió del aeropuerto, atrás quedaron las luces y una boca de lobo nos abrió las fauces; era una noche sin estrellas y por ambos lados del camino, las hileras de árboles secos cubiertos de nieve, parecían decirme adiós con sus pañuelos blancos.

No hubo conversación entre nosotros, a lo lejos las luces anticipaban un pueblo pequeño y adormilado; Después de unos veinte minutos, llegamos al hotel, y al estacionar el auto, el taxista me dijo: “son treinta dólares” y sin esperar respuesta abrió su portezuela para bajar mi maleta; saquee mi cartera y hasta entonces me di cuenta que traía solamente varios billetes de cien dólares. “Tiene usted cambio?” le pregunté. “Por supuesto que no” respondió de mala gana el hombre. “Espéreme aquí por favor” respondí con preocupación, sabiendo que sería difícil a esa hora encontrar a alguien dispuesto a cambiar un billete. Al entrar al lobby del Hotel Sheraton, las puertas se abrieron automáticamente, de par en par.

“Buenas noches, Sr. Alvarado” me dijo el recepcionista, un hombre joven, de unos veinticinco años, vestido con una camisa, corbata y chaleco blancos; vi su mirada, intensamente azul, brillante y límpida. Su nariz regular y su tono de piel blanquísimas le daban un aire europeo, pero era difícil identificar su nacionalidad, por su acento neutro y educado. “Tiene usted cambio de un billete de cien dólares?” le pregunte con timidez. El recepcionista sonrió con naturalidad y dijo: “Claro que sí, cuanto necesita pagar al taxista?”. “Treinta dólares”, respondí y le extendí el billete y a la vez aquel hombre me entrego cuatro billetes de veinte dólares y dos billetes de a diez. Salí y pague al taxista que tomo de mala gana el dinero, sin decirme adiós ni gracias, y arrancó el auto, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

“Le daré una junior suite en el piso ejecutivo” dijo el joven de la recepción al verme entrar. ¿Está cansado? “ si, respondí, muy cansado y con hambre”. “En su suite encontrara una manzana, eso le calmará el hambre” respondió sonriente el recepcionista y me entregó un sobre, poniéndolo sobre el mostrador de mármol. “Listo, Sr. Alvarado, que descanse; ¿desea que le llamemos mañana para despertarle?” Si, respondí, a las 6 de la mañana”. “Le he asignado la suite 600, el ascensor esta a la derecha”  y me indico con su mano extendida, una mano blanca con uñas cortas e impecablemente limpias. Agarré mi maleta de inmediato y me dirigí al ascensor. Al aplastar el botón número seis me di cuenta que el sobre que me había entregado el hombre, donde pensé que estaría la llave de la habitación, estaba vacío. Abrí la puerta del ascensor y me devolví a la recepción. El reloj de la pared marcaba las doce y veinte de la noche.

Una joven rubia muy sonriente, de pelo lacio y cara redonda me sonrió atrás del mostrador de la recepción. “Disculpe, su compañero no me dio la llave de mi habitación, la número 600” le dije de inmediato.” ¿Cómo? ¿Cual compañero? Estoy yo sola, estaba trabajando en la oficina y no lo vi entrar. Tiene usted reservación? ¿Cual es su nombre?” me pregunto la mujer.  “ Mi nombre es Luis Alvarado y su colega  me asignó ya la habitación número 600” dijo un tanto impaciente. “A ver, déjeme ver”, respondió la rubia. “ Para empezar, no tengo ningún compañero esta noche y usted tiene una reserva con tarifa regular; el sexto piso es el piso de suites ejecutivas, y el costo es obviamente mayor” replicó la joven. “Un hombre joven que estaba aquí cuando entre, me asignó la número 600” respondí ya molesto. “Le repito que estoy sola en este turno; no hay nadie más en recepción ni en la oficina” dijo la mujer también en tono molesto.” Sin embargo, le daré el upgrade, hay pocos huéspedes y la suite 600 está disponible para usted por estas dos noches” me dijo sonriente. Subí al sexto piso y al abrir la puerta de mi habitación, sobre el escritorio encontré una manzana  roja, en un plato blanco. La tome, la lavé y mientras comía revise mi cartera; ahí estaban los setenta dólares de cambio. Esa noche, dormí con placidez y al día siguiente, recibí la llamada del despertador a las seis…

 

 

 

 

 

sábado, 13 de febrero de 2010

Paloma...

Vi en sus ojos negros una chispa de emoción y el vestigio de una lagrima que se quiso asomar cuando le hable de mi devoción por su padre: "tu padre fue un ser excepcional, un revolucionario de las artes plásticas del Siglo XX; desde niño le seguí la huella leyendo incansablemente sobre él. Me pasaba el tiempo viendo imágenes de sus pinturas cubistas, de las esculturas neofigurativas, de su cerámica artesanal, e incluso de algunas de las escenografías que hizo para ballets; leí también sobre El Greco, Cezzane y Toulouse-Lautrec al conocer que tu padre reconocía la influencia de los tres; tu padre combinó en su obra el amor, la política, la amistad, y en una sola palabra, un exultante goce por la vida; para mí, el más grande de los artistas es Pablo Picasso". Paloma me oyó hablar sin chistar y yo me enterré en su  mirada…

 

Llegue a Chicago proveniente de una gira por pequeñas comunidades en Illinois. Había sido invitado como conferencista por un Consorcio de Community Colleges del estado para impartir charlas en las escuelas que formaban parte de la agrupación. Finalmente llegue a Chicago a descansar un par de días antes regresar a casa. Decidí consentirme y hospedarme en aquel hotel céntrico y maravilloso, The DoubleTree Hotel, ubicado en 300 E Ohio St. en el corazón de The Magnificent Mile; al llegar a mi habitación, después de haber recorrido y hablado frente a más de quince grupos escolares, dormí más de diez horas aquella noche. A la mañana siguiente,  después de bañarme y vestirme, salí a almorzar a Spaggia en donde comí una deliciosa ensalada de arugula, con aceitunas Kalamata, pepperocini y rociado con vinagreta; posteriormente pedí unos Ravioles rellenos de queso Ricotta, bañados en una salsa ligera Pesto-Alfredo con un toque de Marinara, y una copa de vino tinto Travaglini Gattinara; al salir, camine por la Magnificent Mile aprovechando el viento fresco de la primavera y me detuve en los aparadores de algunas tiendas boutique ubicadas a los costados de aquella milla magnifica: La Casa Prada, Gucci, Bottega Veneta, Bulgari, Tiffany y varias más. Después decidí regresar al hotel y dormir la siesta.

 

Abrí los ojos con dificultad y vi el reloj: eran casi las siete de la tarde; me lave la cara y vestí para salir a tomar una cerveza al Billy Goat Tavern, un bar legendario frecuentado por los mas celebres periodistas del Chicago Tribune y después cenar por ahí cerca en un restaurant de comida mediterránea; al salir del elevador para cruzar el lobby hacia la salida de aquella puerta giratoria de cristal y latón dorado, la vi sola, sentada en uno de los sillones mullidos; parecía una figura salida de una pintura post-renacentista y luminosa: llevaba un traje sastre color verde esmeralda, un sombrero grande del mismo color, con una banda rosada  y un collar de enormes perlas y brazaletes y anillos dorados y rosa; sus cejas delineadas y sus labios pintados intensamente de color rojo bermellon le daban un aire de dignidad y altivez. Sin dudarlo, me senté a su lado e inicie el dialogo y al poco rato conversábamos como si hubiéramos crecido juntos. Le hable en Español, sabiendo que al menos, lo entendería y así fue; me respondió en un impecable Castellano. Charlamos por más de veinte minutos, rememorando vida y obra de su padre, el gran Pablo Picasso. "Tienes algún compromiso?" me preguntó de tajo. "No,- respondí- ninguno". "Acompáñame, hay un desfile de modas en Bloomingdale's sobre mis accesorios". Acepte encantado y al subir a la elegante limusina que nos llevaría a la legendaria tienda de departamentos, sonreí hacia adentro,  pensando en que lejos habian quedado aquellas tardes azules de mi infancia allá en mi pueblo, en donde pasaba las horas largas, hojeando los libros que pedía prestados en la biblioteca pública, para leer sobre la biografía de  Pablo Picasso, sobre su obra y sobre su hija, Paloma…Me senté a su lado en aquella inmensa limusina y pensé que a veces, la vida nos lleva por caminos inusitados y supera a la ficción…  

 

 



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