lunes, 27 de mayo de 2013

En busca de otro Mexico...

El pasado 3 de Mayo, el Presidente Barak Obama pronunció un elocuente discurso en el Museo de Antropología de la Ciudad de México, dirigido a los jóvenes estudiantes y a empresarios. El discurso, plagado de citas y referencias a Rivera, Kahlo, Juárez, Paz, Nervo y Sor Juana llamó poderosamente mi atención; primero, porque soy un apasionado del arte y la historia de mi país y segundo, porque su mensaje anuncia del advenimiento de un nuevo México, vislumbrado en perspectiva, desde el país vecino. Tal vez la mejor ilustración del discurso sea la cita de Octavio Paz, refiriéndose a la firmeza con la que México ha ingresado a una nueva época: “La modernidad no está afuera sino adentro de nosotros. Es hoy y es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer.” Personalmente he leído y releído el texto completo del discurso del presidente norteamericano y me gustaría anotar algunas reflexiones.

 

Evidentemente, Barak Obama en su mensaje deja de lado temas que ocuparon el foco central de la agenda de su visita: la inmigración, reforma migratoria, la violencia y la inseguridad; su eje principal se centra en la educación, la economía y el surgimiento de un nuevo México, ante una democracia más sólida, el fortalecimiento de la sociedad civil, la reorientación al comercio internacional así como la lucha por lograr la prosperidad a través de las oportunidades que surgen de la innovación, el emprendimiento y el uso de alta tecnología. Indudablemente, el gobierno mexicano que encabeza Enrique Peña Nieto ha entendido esa línea, al crear en enero de este año el Instituto Nacional del Emprendedor, que dirige Enrique Jacob. La encrucijada es muy clara: México debe impulsar la innovación, el emprendimiento de empresas competitivas relacionadas primordialmente con tecnología, al igual que otros países emergentes, o perderá su oportunidad de insertarse dentro de la categoría de países desarrollados.

 

Estoy convencido que en los próximos cinco años, México estará en busca de otro México; el emprendimiento de nuevos negocios es una ventana de oportunidad magnífica; el ingenio y la creatividad del mexicano son insumos maravillosos para desarrollar nuevas ideas y emprender de la nada. Obviamente hay condiciones indispensables para todo emprendedor: éste deberá llevar su innovación al siguiente nivel, es decir, deberá pensar en grande y exceder los límites del país hasta lograr un interés global. Otro requisito es huir y evitar la imitación; asimismo deberá tener la fortaleza y el valor para resistir estoicamente los obstáculos y complicaciones; tendrá que luchar contra el “no se puede” y tener la paciencia para caminar en la oscuridad, entendiendo que las cosas que valen la pena, no se logran en veinticuatro horas.

 

Personalmente me emocionan los casos de éxito de mexicanos emprendedores; he visto algunos (desafortunadamente no abundan) casos de mexicanos exitosos aquí en Estados Unidos. Si me pidieran un consejo, les diría que se aseguren de instalar al menos, una oficina en México; les diría que emprendan nuevos negocios también allá, para inspirar a otros mexicanos a que los emprendedores no solo se apellidan Jobs o Zuckerber, sino Martinez o González. Asimismo, es indispensable que escuelas y universidades cuenten con profesores que hayan practicado la innovación y no solamente hayan leído textos sobre ésta, para poder inspirar la precocidad del mexicano a emprender; pienso que entre las tres facciones: emprendedores exitosos, escuelas y gobierno,  podemos lograr una eclosión de mexicanos emprendedores, jóvenes capaces de montar su propio negocio, en vez de conformarse con ser empleados.

 

 

 

 

lunes, 20 de mayo de 2013

Ana Karenina...

Llegó de prisa y al acercarse para pedir una mesa, su bolsa Gucci de cabritilla color vino y cuyo precio excedía al sueldo quincenal de todos los meseros de aquel restaurant, resbaló de su hombro; aunque hizo un mohín de disgusto, el relámpago de ira de sus ojos brillantes se vio disimulado por sus gafas de sol Prada adquiridas en su más reciente viaje a Milán. Tenía ojos de pájaro feliz y su piel de melaza aun irradiaba la resolana del caribe, lograda a fuego lento por los ocho días que pasó tendida al sol, en la piscina del crucero Celebrity Line que había tomado en Miami durante las vacaciones de Semana Santa. Esa tibia mañana de Abril al llegar al restaurant pidió una mesa en la esquina de la terraza y la exigió al capitán de meseros, utilizando el tono arrogante de aquella que sabe que su estirpe maneja a su arbitrio el destino de la ciudad. No había mesa disponible en ese momento y debía esperar. Allá afuera, el tráfico era difícil y más en aquella hora en que un camión de legumbres frescas y cisternas de vinos importados intentaba acercarse a la puerta de servicio del restaurant. Andrea aguardaba impacientemente, a veces texteando con su I-Phone 5 y otras, jugando con su anillo Juicy Couture color naranja, que llevaba en su dedo anular, cuando la voz del capitán de meseros interrumpió sus cavilaciones.      

El pasado 26 de abril Andrea Benítez acudió al restaurante Maximo Bistro ubicado en la colonia Roma. Como el establecimiento se encontraba lleno, la hija del entonces titular de la Profeco tuvo que esperar mesa un rato. Al llegar su turno le asignaron una mesa, pero la joven quería una en particular que no estaba disponible en ese momento. Al no atender su petición, Andrea movió sus influencias para que funcionarios de la Profeco cerraran el restaurante. Dos horas más tarde, arribaron los funcionarios y, pese a que el lugar estaba lleno, pusieron sellos de suspensión por irregularidades en el sistema de reservaciones y venta de bebidas alcohólicas. El caso generó un escándalo en las redes sociales. Los usuarios de Twitter bautizaron a Andrea como #LadyProfeco.

Su padre, Humberto Benítez, se disculpó por la “conducta inapropiada” de su hija y ella misma hizo lo propio a través de su cuenta en Twitter, que bloqueó inmediatamente después. “Ella exageró la situación y las autoridades de la Profeco, que dependen de mí, sobrerreaccionaron indebidamente por tratarse de mi hija”, señaló el procurador un día después del escándalo. Sin embargo,  a pesar de ser exonerado por la Secretaría de la Función Pública de cualquier responsabilidad, el Presidente de México, Enrique Peña Nieto ordenó la remoción de Humberto Benítez Treviño como titular de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) tras el escándalo que detonó su hija al ordenar clausurar un restaurante.

La noche del 15 de Mayo, después de las 8 pm Andrea accionó el control de la puerta de la cochera y se echó reversa; traía los ojos hinchados de tanto llorar; su automóvil Mercedes Benz platinado, hacia el interior exhalaba un aliento de bestia viva. Los asientos posteriores iban atiborrados de ropa casi nueva, más de sesenta pares de zapatos, una docena de chamarras de piel,  varios abrigos y cerca de treinta vestidos de cocktail colgados en ganchos y protegidos con bolsas de plástico transparentes. Las tres maletas Coach a fuerza de voluntad habían encontrado sitio en la cajuela de su auto. Andrea había decidido dejar su casa e irse temporalmente a vivir a casa de alguna amiga, pero no sabía a cuál llamar. El tráfico en el Paseo de la Reforma a aquella hora era infernal. La Glorieta del Angel era un nudo de autos y motocicletas, embotellados en ambos sentidos. Esa mañana que el Presidente Enrique Peña Nieto había ordenado la destitución de su padre, Andrea estaba leyendo Ana Karenina de León Tolstoi; la frase inicial de la magistral novela se le quedó grabada para siempre: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo único para sentirse desgraciada; en la casa de los Oblonsky, -al igual que los Benitez- todo andaba trastocado…”

 

lunes, 13 de mayo de 2013

Homenaje al projimo...

Por un momento me quede impávido: ahí estaba el poeta que yo había estado leyendo por años; pasé saliva y le expliqué el motivo de la llamada y me dijo sin reservas: ”acepto su invitación con mucho gusto; me gusta compartir con los jóvenes. Ellos al igual que yo, experimentamos emociones que, como el mismo lenguaje, son íntimas y son de todos; y fíjese usted: nunca me he propuesto adoctrinar, iluminar o edificar a nadie, sino que mis poemas comparten mis ideas, preocupaciones y, por qué no decirlo? mis obsesiones, sensaciones y mis afectos; me gusta que juntos, los jóvenes y yo podamos vislumbrar la adivinación de realidades entrevistas, que son la faz oculta de nuestro vivir cotidiano.” Maestro -me atreví a interrumpirlo: “cómo logra en sus textos, ser conciso y a la vez, ameno?” “Bueno, mire usted -agregó Paz- yo no soy novelista, y me resigno, diciéndome: ya que no puedo ser torrente ni cascada, debo lograr que mi prosa sea al menos, “agua potable”. Al concluir su respuesta, estalló en carcajadas y yo lo acompañé de buena gana y aprovechando la sencillez de su respuesta, pregunté: “lee usted lo que escribe?”. Paz respondió sin pensarlo mucho: “El autor es el primer lector de sus escritos y eso lo obliga a cierta exigencia íntima; yo divido a los escritores en dos familias: aquellos que saben leerse y los otros que jamás leen lo que acaban de escribir. Desconfío de los segundos, por mas geniales que sean. Nadie puede estar seguro de lo que dice; -y me dijo de pronto, bajando la voz- esta llamada está siendo ya muy larga y debo colgar, me están pidiendo que baje a cenar – déjeme hacerle una pequeña confesión: escribir para mí ha sido cultivar uno de mis placeres favoritos: la conversación. Cuando escribo, converso conmigo mismo; yo soy esa persona que es mi diario interlocutor y a la vez, un desconocido.

 

Después de terminar la llamada, salí de Sanborns y me di cuenta que había dejado de llover; caminé sin prisa hasta llegar al auto que me esperaba; me subí y saqué un cuaderno de mi portafolios para tomar algunas notas de mi conversación con el Maestro Paz y que aún hoy conservo como tesoro; durante el trayecto de regreso a Querétaro, solo una idea rondaba por mi cabeza: volver a llamarle, para confirmar la fecha de su viaje, volver a conectar con él para hacerle algunas otras preguntas, que como mariposas revoloteaban sobre mi cabeza; “cuando escribo, converso conmigo” era la frase de Paz que deambulaba y me obsesionaba. Es verdad, -me dije- nada como una conversación. La noche habia extendido su negro manto sobre la autopista; asomé mi cabeza por la ventanilla del auto; alla arriba, una constelacion de estrellas acampaba en el cielo oscuro; pensé que estaban en una franca conversación y que acá abajo, yo era un pobre mortal que intentaba inutilmente descifrar los mensajes de aquel diálogo entre estrellas.

 

Tres semanas más tarde, lo llamé nuevamente para confirmarle el día y la fecha del estreno del recital poético; marqué su número y al contestar noté de inmediato que esta vez su voz sonaba opaca; “Maestro? Habla Luis Alvarado del Tec de Monterrey nuevamente; llamo para confirmar la fecha y hora del recital; desea que enviemos un auto y chofer a México, ese día, para recogerlo y trasladarlo a Querétaro?” –inquirí. “Profesor, que bueno que me llama –dijo. Lamentablemente no podré acudir. La no invitada, la enfermedad ha tocado a mi puerta; abrí y ella sin decirme nada, me miró con una mirada que me traspasó y que no puedo definir. Los médicos están buscando descifrar esa mirada pero yo me siento herido de muerte; el sufrimiento no es una palabra sino una realidad tangible que se aleja en momentos, para regresar en otros, con más saña; el daño, las punzadas y los clavos son materiales e incorpóreos. Los siente el cuerpo pero no puede tocarlos. El mal no viene de fuera, sino de adentro de mí mismo. Soy yo mismo el que sufre y el que me hace sufrir. El dolor me ha devuelto a mí mismo y me ha entregado a mi propio enemigo.” Se hizo un silencio y en esa pausa, entendí que una puerta de comprensión se había abierto entre nosotros; desde ese día, pienso que la prueba máxima de amor o amistad es la participación del sufrimiento de otro. El Maestro Paz sobrevivió a una seria operación del corazón y murió doce años más tarde; su poesía jamás me será indiferente;  estos diálogos con él y mi lectura devocional y ferviente de su obra completa, han fincado en mí, la idea de querer vivir conmigo cada día más, de internarme de una vez y para siempre en un laberinto de soledad que es entre otras cosas, mi mejor homenaje al prójimo…   

 

 

 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Soy yo...

La vi sentada en la mesa y me fijé que me vio entrar: era una cuarentona vivaz, de cabello oscuro azabache, como crin de caballo, de ojos amarillos y encarnizados que denotaban que hacía mucho tiempo habían perdido la compasión por los hombres. La había citado por teléfono hacía dos semanas, habíamos quedamos de vernos en el Sanborns de los azulejos en la ciudad de Mexico, aquel día ultimo de Septiembre de aquel Otoño incierto de 1986;  esa tarde se había desatado una  lluvia inmisericorde. El chofer me había dejado muy cerca de la puerta principal mientras él buscaba un espacio para estacionar el auto y esperarme, pero aun así me empapé. Yo tenía que volver a Querétaro esa noche, después de mi encuentro con Laura. “Perdóname esta facha de murciélago remojado” le dije al saludarla con un beso en su mejilla, refiriéndome a mi traje negro y agregué “allá afuera llueve como si no fuera a escampar nunca”. “Ay no te preocupes Luis, entiendo perfectamente; yo llegué hace diez minutos fíjate, y  más mojada que tú” respondió la mujer, con un tono que dejaba entrever la música inconfundible del acento “chilango”. Deslumbrado aun por la claridad de la calle no hice mayor comentario y me senté a su lado.

 

Una mesera baja, morena, regordeta y sonriente nos trajo el menú; caminaba con dificultad, embutida en aquella larga falda almidonada  de tablones, con franjas horizontales de colores blanco, verde, rojo, lila y café; llevaba una blusa blanca que dejaba adivinar sus amplios y generosos cántaros de barro; sus brazos que parecían hechos de piloncillo oscuro se asomaban debajo de un trozo de tela romboide, color verde bandera de lino crudo, que semejaba un huipil oaxaqueño en versión contemporánea, llevaba el pelo recogido en una cebolla y cubierta con una cofia nayarita del mismo color. Miré mi reloj: eran las seis de la tarde con treinta y cinco minutos. “Es muy temprano para cenar, Luis; yo comí hace una hora y media” me dijo Laura, mientras tocaba con su mano izquierda aquel jarroncito de vidrio retorcido, color azul marino con dos claveles, uno rojo y otro blanco, colocado en el centro de la mesa. “Entonces pediremos solo café y pan dulce, para merendar.” Laura ni asintió ni negó; en sus ojos amarillos vi una mezcla de interrogación y curiosidad; no sabía el motivo de nuestra reunión, pero por la relación profesional que yo llevaba con la casa editora y especialmente por mi amistad con el director, Sealtiel Alatriste, del cual Laura era su asistente, había aceptado aquella cita, sin preguntar el motivo.

 

La mesera frondosa y diligente llegó casi de inmediato con una charola en la que traía los cafés y un canasto copeteado de pan; colocó con esmero dos tazas y dos platitos de talavera azul con grabados chinos.“Sabes por qué te cité, Laura?” le pregunté después de una pausa incomoda, mientras esperábamos que la mesera se alejara para poder hablar; “Ni idea” respondió la mujer, acostumbrada a lidiar toros. “Estoy organizando un recital poético-le dije, mirándole a los ojos amarillos, como de gata en celo-  con un grupo de alumnos y profesores del Tec de Monterrey, Campus Querétaro; es un espectáculo en el que voy a incluir música en vivo, lectura de poesía, proyecciones de video y fotografía fija, y algunos otros efectos visuales; con mucho esfuerzo he conseguido que nos presten un espacio histórico importante, el Patio Barroco del Museo de Arte de Querétaro, para presentar este recital y quisiera invitar al autor de los poemas, el día del estreno; sé perfectamente que él es una persona difícil de tratar, pero quiero intentarlo; podrías darme su teléfono y yo le llamaré para hacerle la invitación; en caso de que me diga que no, pediré a Sealtiel que intervenga, después de todo, es un autor que publica con ustedes, ahí en la casa editora; pero confío en que yo solo podré lograr que acepte venir a Querétaro”. “De quién hablas, Luis?” me preguntó Laura. “Hablo de Octavio Paz; podrías darme su  teléfono”?  Se hizo un silencio y vi en sus ojos ámbar pasar por un momento de duda; después de unos segundos me dijo: “Te lo daré con una condición: jamás le digas a nadie que yo te lo di, ni siquiera a Sealtiel quien me tiene prohibido hacer esto, pero sé lo necio que eres; si ya se te metió la idea de invitar a Octavio Paz al recital, no descansarás hasta obtener su número, así que te ahorraré el trabajo de seguir buscando: aquí lo tienes”; en seguida, vi sus uñas pintadas de rojo oscuro, y entre sus dedos índice y pulgar asió con firmeza un bolígrafo que sacó de su fina cartera de piel de charol negra y en una tarjeta de ella, al reverso, anotó el teléfono de la casa del gran poeta mexicano.

 

“Te lo agradezco infinitamente” le dije con una amplia sonrisa; Laura no era una gran conversadora, así que durante el resto de la merienda me dediqué a observar a la gente de nuestro alrededor y a disfrutar de mi café con pan; Laura se resistió a probar una de las esponjosas conchas de chocolate; tampoco quiso la campechana crujiente, ni mostró interés por los bísquets que había traído la mesera; al terminar su café negro, Laura  se despidió rápidamente; tenía que regresar a la oficina, Sealtiel se iba a España al día siguiente y tenía que reconfirmar sus reservas y revisar la agenda de reuniones; íntimamente, ansiaba que Laura se fuera; yo quería levantarme de la mesa y hacer aquella llamada; una vez que vi a Laura desaparecer en la puerta de salida, tomé la tarjeta y me dirigí a la caseta telefónica ubicada cerca de los baños del restaurant, y agarré con firmeza el auricular; escuché el tono de marcar y deposité una moneda no sin antes asegurarme de que estuviera marcando los números correctos; oí el inconfundible sonido de la llamada telefónica y alguien respondió: “Bueno”, era una voz masculina. “Buenas noches, -dije- soy Luis Alvarado del Tec de Monterrey y quisiera hablar con el Maestro Octavio Paz” respondí decidido. “Soy yo” respondió el poeta…

 

CONTINUARA.                                   

 

 

 

 

 

 

Soy yo...

La vi sentada en la mesa y me fijé que me vio entrar: era una cuarentona vivaz, de cabello oscuro azabache, como crin de caballo, de ojos amarillos y encarnizados que denotaban que hacía mucho tiempo habían perdido la compasión por los hombres. La había citado por teléfono hacía dos semanas, habíamos quedamos de vernos en el Sanborns de los azulejos en la ciudad de Mexico, aquel día ultimo de Septiembre de aquel Otoño incierto de 1986;  esa tarde se había desatado una  lluvia inmisericorde. El chofer me había dejado muy cerca de la puerta principal mientras él buscaba un espacio para estacionar el auto y esperarme, pero aun así me empapé. Yo tenía que volver a Querétaro esa noche, después de mi encuentro con Laura. “Perdóname esta facha de murciélago remojado” le dije al saludarla con un beso en su mejilla, refiriéndome a mi traje negro y agregué “allá afuera llueve como si no fuera a escampar nunca”. “Ay no te preocupes Luis, entiendo perfectamente; yo llegué hace diez minutos fíjate, y  más mojada que tú” respondió la mujer, con un tono que dejaba entrever la música inconfundible del acento “chilango”. Deslumbrado aun por la claridad de la calle no hice mayor comentario y me senté a su lado.

 

Una mesera baja, morena, regordeta y sonriente nos trajo el menú; caminaba con dificultad, embutida en aquella larga falda almidonada  de tablones, con franjas horizontales de colores blanco, verde, rojo, lila y café; llevaba una blusa blanca que dejaba adivinar sus amplios y generosos cántaros de barro; sus brazos que parecían hechos de piloncillo oscuro se asomaban debajo de un trozo de tela romboide, color verde bandera de lino crudo, que semejaba un huipil oaxaqueño en versión contemporánea, llevaba el pelo recogido en una cebolla y cubierta con una cofia nayarita del mismo color. Miré mi reloj: eran las seis de la tarde con treinta y cinco minutos. “Es muy temprano para cenar, Luis; yo comí hace una hora y media” me dijo Laura, mientras tocaba con su mano izquierda aquel jarroncito de vidrio retorcido, color azul marino con dos claveles, uno rojo y otro blanco, colocado en el centro de la mesa. “Entonces pediremos solo café y pan dulce, para merendar.” Laura ni asintió ni negó; en sus ojos amarillos vi una mezcla de interrogación y curiosidad; no sabía el motivo de nuestra reunión, pero por la relación profesional que yo llevaba con la casa editora y especialmente por mi amistad con el director, Sealtiel Alatriste, del cual Laura era su asistente, había aceptado aquella cita, sin preguntar el motivo.

 

La mesera frondosa y diligente llegó casi de inmediato con una charola en la que traía los cafés y un canasto copeteado de pan; colocó con esmero dos tazas y dos platitos de talavera azul con grabados chinos.“Sabes por qué te cité, Laura?” le pregunté después de una pausa incomoda, mientras esperábamos que la mesera se alejara para poder hablar; “Ni idea” respondió la mujer, acostumbrada a lidiar toros. “Estoy organizando un recital poético-le dije, mirándole a los ojos amarillos, como de gata en celo-  con un grupo de alumnos y profesores del Tec de Monterrey, Campus Querétaro; es un espectáculo en el que voy a incluir música en vivo, lectura de poesía, proyecciones de video y fotografía fija, y algunos otros efectos visuales; con mucho esfuerzo he conseguido que nos presten un espacio histórico importante, el Patio Barroco del Museo de Arte de Querétaro, para presentar este recital y quisiera invitar al autor de los poemas, el día del estreno; sé perfectamente que él es una persona difícil de tratar, pero quiero intentarlo; podrías darme su teléfono y yo le llamaré para hacerle la invitación; en caso de que me diga que no, pediré a Sealtiel que intervenga, después de todo, es un autor que publica con ustedes, ahí en la casa editora; pero confío en que yo solo podré lograr que acepte venir a Querétaro”. “De quién hablas, Luis?” me preguntó Laura. “Hablo de Octavio Paz; podrías darme su  teléfono”?  Se hizo un silencio y vi en sus ojos ámbar pasar por un momento de duda; después de unos segundos me dijo: “Te lo daré con una condición: jamás le digas a nadie que yo te lo di, ni siquiera a Sealtiel quien me tiene prohibido hacer esto, pero sé lo necio que eres; si ya se te metió la idea de invitar a Octavio Paz al recital, no descansarás hasta obtener su número, así que te ahorraré el trabajo de seguir buscando: aquí lo tienes”; en seguida, vi sus uñas pintadas de rojo oscuro, y entre sus dedos índice y pulgar asió con firmeza un bolígrafo que sacó de su fina cartera de piel de charol negra y en una tarjeta de ella, al reverso, anotó el teléfono de la casa del gran poeta mexicano.

 

“Te lo agradezco infinitamente” le dije con una amplia sonrisa; Laura no era una gran conversadora, así que durante el resto de la merienda me dediqué a observar a la gente de nuestro alrededor y a disfrutar de mi café con pan; Laura se resistió a probar una de las esponjosas conchas de chocolate; tampoco quiso la campechana crujiente, ni mostró interés por los bísquets que había traído la mesera; al terminar su café negro, Laura  se despidió rápidamente; tenía que regresar a la oficina, Sealtiel se iba a España al día siguiente y tenía que reconfirmar sus reservas y revisar la agenda de reuniones; íntimamente, ansiaba que Laura se fuera; yo quería levantarme de la mesa y hacer aquella llamada; una vez que vi a Laura desaparecer en la puerta de salida, tomé la tarjeta y me dirigí a la caseta telefónica ubicada cerca de los baños del restaurant, y agarré con firmeza el auricular; escuché el tono de marcar y deposité una moneda no sin antes asegurarme de que estuviera marcando los números correctos; oí el inconfundible sonido de la llamada telefónica y alguien respondió: “Bueno”, era una voz masculina. “Buenas noches, -dije- soy Luis Alvarado del Tec de Monterrey y quisiera hablar con el Maestro Octavio Paz” respondí decidido. “Soy yo” respondió el poeta…

 

CONTINUARA.                                   

 

 

 

 

 

 

lunes, 22 de abril de 2013

De pashminas y transiciones...

La vi de reojo: era bella y plástica, con la piel tersa de un durazno cultivado a fuerza de pesticidas; tenía el cabello largo, rubio teñido y aceitunas verdes en los ojos. Estaba vestida con un gusto deliberado: un topless de seda natural color buganvilia naranja, unos oscuros pantalones holgados y unos zapatos bicolor, naranja y negros; un collar de gruesas perlas de Bali cubría su delgado cuello, remataba su ajuar con unos aretes de brillantes y perlas. Lo más llamativo de ella era su aura de antigüedad; podría andar por los tempranos sesenta o quizás más, dependiendo de la destreza del cirujano. La imaginé de nacionalidad italiana por sus pómulos anchos, la protuberante nariz y la boca sensual de Angelina, de rojo carmesí, como si estuviera engullendo una cereza de Abril. Muy probablemente su marido no habría acudido al evento por estar postrado con aquel dolor de la ciática que lo afectaba por varios días. El y su mujer vivirían su retiro con desdén, buscando en qué  entretener su ocio, como ilustres desconocidos en esta tierra de desconocidos ilustres. La vi y me vio: fueron instantes furtivos, suficientes para que ella hurgara entre su bolsa Gucci y sacara su pashmina color perla, para cubrirse los hombros desnudos,  en un gesto de rubor falso. Y se aferró a aquella prenda, como fetiche, durante el resto de la noche.

 

Lu y yo alcanzamos a llegar a nuestros asientos caminando con dificultad entre la gente que abarrotaba el lugar. Alejandro, el novio de Lu nos alcanzaría más tarde, aunque nunca llegó a sentarse con nosotros; minutos más tarde le envió un texto a su novia diciéndole que se había sentado en otra sección, ante el sobrecupo de aquel evento; ambos me invitaron a asistir con ellos al Shore Couture, Fashion Show de Palm Beach. Lu se veía espléndida como siempre: con un maquillaje mínimo, pelo rizado natural que le caía sobre los hombros, una blusa azul que destacaba su piel nívea, evidencia de su juventud plena, uñas blancas, indicio de la buena salud  y una sonrisa perfecta. Además de su belleza innegable, lo más notorio de Lu son siempre sus ideas diáfanas;  nada hay en la vida más natural, que escuchar las ideas expresadas directa y llanamente, por una mujer hermosa;  hablamos brevemente sobre la importancia de completar ciclos; sobre la transitoriedad y arbitrariedad del fugaz paso del tiempo, y de los sueños por venir;  disfruté  de su conversación profundamente y a la vez,  me di cuenta que faltaban unos minutos para que diera inicio la pasarela, tiempo que aproveché para leer el programa, echar un vistazo a la concurrencia y hacer los análisis sociológicos correspondientes . Fue entonces que vi de reojo, a aquella mujer bella que terminó por aferrarse a su pashmina.

 

La pashimina es un chal de lana de cachemir, muy de moda en los años noventa; por su suavidad, la prenda aporta calidez y bienestar y es muy demandada por la mujer, especialmente por aquella que ingresa a una etapa de transiciones, porque provee tibieza sin asfixiar ni provocar bochornos. No por coincidencia, la lana de la cabra cachemira es precisamente el producto de una muda de pelaje: durante la primavera, el animal suelta su lana para disfrutar de los albores primaverales y esas fibras tradicionalmente quedaban atrapadas en los arbustos; los artesanos y comerciantes de la región del Himalaya, la utilizaron para confeccionar y posicionar esta prenda primero en Francia, y después en el resto del mundo; no dudo que actualmente por la demanda, estos animales sean víctimas de un esquilme brutal. Esta pieza ha sido utilizada principalmente por las mujeres de ascendencia mediterránea: Carolina de Mónaco la acaba de usar durante su visita a Londres a conocer a su nieto; Isabel Pantoja se cubrió con ella en cada audiencia, hasta aquel día en que finalmente recibió una sentencia condenatoria por lavar dinero ajeno y la Infanta Cristina que acaba de ser acusada y absuelta antes de ser juzgada, no la suelta tampoco.  Las mujeres sajonas en cambio son más rigurosas y flemáticas y cubren sus friolencias con rígidos sacos de lana virgen: no creo que la recientemente fallecida Dama de hierro haya utilizando alguna; tampoco creo que Hilary Clinton tenga en su closet una pashmina. Un aplauso estruendoso interrumpió mis cavilaciones: el desfile de modas había concluido y de reojo, con mi cara de disimulo, vi a la bella sesentona aferrada a su pashmina levantarse de su asiento sin decirme adiós…

 

 

 

 

lunes, 15 de abril de 2013

Y el apapacho, que?

La sensación de aparecido sobrenatural que tuve al verlo repentinamente frente a mí, se desvaneció cuando el escritor extendió su mano y me dijo sonriente: “Luisito el cumbiambero, no sé que le diste a  Margarita, que te menciona tanto”. Se sentó con nosotros y yo miré mi reloj: eran las 7:45 de la mañana; a través de la ventana  vi que el tráfico empezaba a ser denso en aquella zona. “Tráigame un café” le dijo Gabo al mesero escuálido; se lo tomó de un sorbo y exclamó: “así que te dedicas a la educación”. “Sí maestro, me dedico a la educación a distancia, apoyada en tecnología. Contamos con un sistema en  quince países del continente donde nuestros alumnos reciben nuestros programas educativos, via satélite;  los alumnos ven al profesor en la pantalla del televisor y pueden hacerle preguntas a través de una red de comunicación, de una intranet.”  “Explícame un poco más, me dijo,  quieres decir que los muchachos pueden ver al profesor, pero éste no puede verlos cuando dicta su clase?” . Así es, afirmé; sin embargo, los muchachos pueden contactarlo a través de su computadora. “Hum –exclamó Gabo ¿y el apapacho, qué?”

 

Por dentro, sentí que debía darle un giro en esa conversación que no me conducía a ningún destino, sin embargo, decidí continuar y explicarle la propuesta: “maestro, la idea que tenemos en el Tec de Monterrey es utilizar nuestra experiencia en el uso de tecnología y la red instalada de sitios de recepción que tenemos en Latinoamérica, asimismo, buscar el apoyo y los recursos financieros del Instituto del Banco Mundial y con ustedes, aprovechar los excelentes profesores de su Fundación; la idea es establecer un acuerdo entre las tres instituciones con el fin de ofrecer capacitación a los periodistas de este continente en dos áreas fundamentales: usar la tecnología para apoyar su labor periodística, y fomentar la ética.  Estoy enterado que su Fundación capacita semestralmente a treinta periodistas que viajan desde sus países hasta Cartagena; a través de nuestra alianza podríamos desarrollar una serie de seminarios, ofrecerlos via satélite y capacitar semestralmente a unos mil periodistas en los quince países del continente en donde tenemos presencia; serian los profesores de la Fundación, en vez de los alumnos, los que tendrían que viajar a Monterrey y desde aquí transmitiríamos las clases. Podemos también entrenar a periodistas experimentados en cada sitio de recepción, para que sean facilitadores, para que apoyen y como usted dice “apapachen” a los alumnos.  Detuve un momento mi discurso y me enterré en la mirada de Gabo: veía claramente en sus ojos la duda; podía notar que la propuesta no le convencía del todo.

 

Asumiendo mi  condición de náufrago, busqué auxilio en los ojos de mi aliada, la princesa de las entrañas tiernas; no lo dije, pero lo pensé, “dime por dónde debo navegar para convencer a Gabo “ ; ella recibió el mensaje y con su sonrisa cautivadora me dio nuevos ánimos para seguir entre los intrincados laberintos del cabildeo. El silencio hosco de Gabo pesaba en mí, como una nube de agua. Mi reloj marcaba las 8 de la mañana cuando oímos repentinamente aquel ruido, como una explosión de dinamita que sobresaltó a todos los que tomábamos café aquella mañana en el Hotel Intercontinental; allá afuera, un auto embistió a otro y lo golpeó con tal fuerza  lo hizo incrustar  en un flanco del hotel. “Quién iba a decirlo” exclamó Margarita, siempre optimista: este es el presagio de la buena fortuna; dos autos que se estampan, es el símbolo de amigos que se topan, que se encuentran: y aquí estamos, Luis el negrito cumbiambero y nosotros!  Gabo y los Jaimes rieron de buena gana ante la ocurrencia de la mulata, quien hábilmente aprovechó el momento para exclamar: “los sedimentos del café ya tomaron su tiempo, negro, asi que déjame leer tu suerte y tu destino”.

 

“Con tu sonrisa eres capaz de desarmar a tu enemigo más fiero y en esta vida has preferido sonreír, aunque tu realidad algunas veces sea más siniestra que una pesadilla. Naciste Tauro, y te trastornan los primordiales deleites de la vida: la cama, la mesa y la buena conversación; estas hecho para mandar y un suspiro tuyo por imperceptible que sea, es muy respetado por tu gente. Eres poeta, porque la poesía para ti, es sinónimo de clarividencia. Te gusta soñar, y hasta te sueñas soñando; con tu sonrisa lograrás cosas que no han sido, porque además tienes un ángel de alas grandes y ese ángel te acompaña a donde vas.  Hoy viajas con viento a favor, y a ese viento se le llama, el vuelo de la gracia”. Y zafándose un anillo en forma de serpiente egipcia que llevaba en su dedo anular, Margarita concluyó su lectura diciendo: toma este anillo, negrito, y me lo devuelves en tu primer viaje a Cartagena.  Jaime, su esposo me miró a los ojos con complicidad y simpatía; sonriendo me dijo: ”Ya  oíste, Luisito? Margarita te comprometió a venir a Colombia” y antes de que terminara la frase, Gabo que había permanecido en silencio pero muy atento a la lectura de café de Margarita, me dijo “me parece una idea magnifica; ¿por qué no vienes a Cartagena la próxima semana?  Allá en la ciudad vieja hablaremos del plan ese, que traes entre manos; ya me di cuenta que eres un perro que no suelta su hueso y no va a ser fácil deshacerme de ti; “Jaime, ¿cómo haremos para que Luisito ya no piense tanto? Jaime se encogió de hombros y sonrió, moviendo la cabeza de un lado a otro, como respuesta . Gabo puntualizó: “bueno, allá nos vemos y Jaimito mi hermano, que es ingeniero contratista, que se haga cargo del asunto”.

 

No hubo más comentarios; nos levantamos de la mesa y nos encaminamos hacia el lobby del hotel. Por dentro yo quería estallar de júbilo, pero me controlé; a partir de la lectura del café, Gabo, bajó la guardia conmigo y empezó a tratarme con una familiaridad que me sorprendía agradablemente; empezamos a caminar muy despacio, conversando animadamente, mientras los Jaimes y Margarita caminaban atrás de nosotros.  Al llegar a la recepción, y para sellar nuestro encuentro, nos tomamos una foto, yo me coloqué en medio de los hermanos Garcia Marquez; Margarita tomó la foto y dijo; al que está  enmedio lo invitaremos a rumbear, para que viva como Dios manda una noche cartaginera, lo montaremos en una chiva a tomar aguardiente y tragos de ron. Avanzamos hasta llegar al lobby y de repente vimos que se abrieron las puertas del ascensor y de ahí salió una mujer de piel muy blanca, con el pelo enrojecido por un tinte inmisericorde y abombado por un crepe generoso; esbelta y vivaz, a pesar de andar por la tardía cincuentena, nos lanzó una mirada felina y en una mezcla de estupor y asombro, dijo casi gritando: “Ay Dios mío, es Gabriel Garcia Marquez, maestro lo he estado buscando en los últimos veinte años”. Al oírla, Gabo respondió:  “Huy, señora, yo he hecho lo mismo en los últimos setenta y dos, y no lo he logrado”. Sin decir mas, Gabo y yo nos dimos un abrazo y sentí su corazón de macho palpitar junto al mío; sentí la tibieza de su aura y el fluir de su sangre; “nos vemos en Cartagena, negro” me dijo quedito, en el oído e inmediatamente después, entró en el ascensor y las puertas se cerraron. En el lobby continuaban conversando animadamente los Jaimes; me despedi sabiendo que nos reuniríamos en unos días y que ése era solo el inicio de una serie de viajes, que me llevarían a conocer a fondo el mundo Macondiano.  Al ver a Margarita, utilicé la misma frase de Gabo: “y el apapacho, qué?” y nos fundimos en un abrazo de cómplices sabiendo que eso seriamos, por el resto de nuestros días.