miércoles, 13 de julio de 2011

El sueño de Cabral...

Al terminar de instalar la tienda de campaña sentí las fauces del viento frio morder mi cara; “esta noche va a helar” le dije a Carlos. “Si, pero con tequilita se nos quita” respondió mi amigo.”Te salió el verso sin esfuerzo”, le respondí entre risas. Habíamos llegado a Guanajuato esa tarde de Octubre, con el fin de pasar el fin de semana y asistir a los Entremeses Cervantinos, una serie de conciertos y eventos artísticos que se llevan a cabo anualmente y que congregan a millares de turistas nacionales e internacionales. Carlos y yo teníamos ambos  veintiún años y muchas ganas de fiesta. Sabiendo de antemano que no habría habitaciones baratas disponibles, se  nos ocurrió la idea de “irnos de mochilazo” como tantos jóvenes de la época  y acampar en la explanada frente al aristocrático Hotel Real de Minas.

Instalamos una pequeña carpa doble entre centenares; había una multitud de gente joven que como nosotros, querían disfrutar de los conciertos y gastar lo menos posible; aquel tenderete móvil se instalaba de noche y se desinstalaba al amanecer; el gobierno municipal así lo había anunciado, para proteger la estética del centro de la ciudad, considerada Patrimonio Histórico de la Humanidad. Esa noche, el frio se había desatado y varios grupos habían encendido varias fogatas para vencerlo. Alrededor de cada fogata, trovadores improvisados, armados guitarras y percusiones, entonaban canciones de “protesta” : oíamos a lo lejos Cantares de Joan Manuel Serrat,  otros entonaban Comandante Che Guevara,  y mas allá, oíamos las estrofas de Gracias a la vida de Violeta Parra. Tragos de ron, mezcal,  tequila y brandy se consumían sin remordimientos, para mitigar el frio y entre más pasaba el tiempo, mas aumentaba el volumen de aquel grupo coral espontaneo.

En nuestro deambular entre una fogata y otra, escuché la voz de una mujer joven, que me pareció extraordinaria; cantaba con una fuerza y un dominio fuera de serie; aunque empezaba a oscurecer  pude distinguir sus rasgos: era delgada, de estatura regular, con el pelo largo y rizado, de piel oscura, ojos grandes y melancólicos, como los de un ángel barroco. La mujer cantaba “Canción de todos” que originalmente interpretaba Mercedes Sosa. Por su madurez vocal, llegue a encontrar alguna semejanza con el timbre de voz de Edith Piaff.  Al terminar de cantar, la audiencia improvisada le aplaudió de buena gana y ella, ignorando los gritos “otra, otra, otra” salió del centro de aquel grupo de gente y se colocó  justo al lado mío; “hola, ¿cómo te llamas?” le pregunte con el desenfado de mis veintiún años. “Eugenia” me dijo sonriendo. “Vas a cantar en algún teatro de Guanajuato este fin de semana?” agregue. “No, como se te ocurre; voy a cantar en una peña folklórica mañana en la noche, en un lugarcillo por ahí, cerca del Bar El Arcángel, por la calle Independencia” me dijo con sencillez. “Ah bien, si nos invitas, mi amigo y yo te iremos a ver” le respondí. No alcanzo a responderme cuando la ataque con una nueva pregunta: “Bueno, te llamas Eugenia pero  cuál es tu nombre artístico?”. La mujer soltó una carcajada mientras respondía: “No tengo nombre artístico, me llamo Eugenia Leon, así nomas”. “Pues mucho gusto, Eugenia y hasta mañana”.

Al día siguiente, después de levantar la casa portátil, mi amigo y yo vagabundeamos por las callejuelas y fuimos al mercado a comer; sentados en bancas de madera, disfrutamos de unos huaraches de queso frasco bañados con salsa verde; posteriormente caminamos hacia el centro de la ciudad, visitamos varios museos y nos asomamos en algunas iglesias barrocas y neoclásicas; posteriormente, ya entrada la tarde, nos tomamos un par de cervezas en uno de esos bares al aire libre, para contemplar la multitud de aves que buscaban refugio de aquel aire frio nocturno que se avecinaba. “Carlos, vamos a la peña, a ver cantar a nuestra amiga Eugenia” le comenté a mi amigo.  “Claro que no Luis” esta noche se presenta en la explanada de la Alhóndiga de Granaditas Facundo Cabral, y ese sí, no nos lo debemos perder. Caminando entre la muchedumbre, llegamos a la Alhóndiga y aunque con dificultad, encontramos un sitio entre los escalones de madera improvisados para dar albergue a los espectadores. Esa noche conocí a aquel trovador que yo jamás había escuchado y que  con acento argentino empezó a “predicar” ganándose la rechifla de la multitud que se calló hasta que las notas de su guitarra se escucharon,  acompañadas de una voz potente cuya estrofa decía: “no soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir y ser feliz, es mi color de identidad…”. A esa canción siguió otra, y luego otra, hasta que se despidió cantando una canción que decía “chau, nos volveremos a ver", "yo soy tu amigo porque soñaste el mismo mundo con el que sueño".  Han pasado treinta y cinco años de aquel concierto y desafortunadamente no lo volví ni lo volveré a ver;  sin embargo, oyendo sus canciones en estos días posteriores a su partida, he descubierto que Cabral tenía razón, pudimos ser amigos porque comparto ese mismo mundo que él soñaba…

 

 

 

 

 

martes, 5 de julio de 2011

El agua y el amor...

Hay una relación entre el amor y el agua: tres años antes de terminar mi carrera universitaria, tuve la oportunidad de visitar una ciudad del centro de México que me pareció fascinante: Querétaro.  Desde el primer momento en que recorrí sus calles, sabía que iba a vivir ahí. En 1977 renté una casa justamente enfrente del símbolo de la ciudad: el acueducto, esa monumental edificación de 74 arcos que alcanzan una altura promedio de 23 m y una longitud de 1300 metros. Juan Antonio de Urrutia y Arana, Marques de la Villa del Villar del Águila, lo mandó construir entre 1726 y 1738 para satisfacer una petición de las monjas capuchinas y llevar agua hasta la ciudad. No sólo puso la mayor parte del capital, sino que él mismo trazó, calculó y se sumó a la labor de cientos de trabajadores. Según la leyenda, estaba enamorado de una de las monjas y por eso gastó una inmensa fortuna para construir el acueducto y llevarle agua, aunque se ignora si la monja verdaderamente disfrutó de aquel regalo.

En 2005 al visitar Estambul, me hospedé en un hotel boutique situado en el barrio de Sultanahmet, justo al lado de los recién remodelados Baños Roxelana. Roxelana era el nombre una de las mujeres más poderosas del imperio Otomano, amante del Sultan Süleyman. Fascinado por quien llamaba “mi compañera de ojos pícaros y mi gran y único amor”, el Sultán Süleyman mandó construir unos baños para Roxelana y su corte. Los baños de Roxelana se levantaron en el centro del poder imperial, en la explanada que lleva desde Santa Sofía a la Mezquita Azul. El edificio, uno de los más bellos hamam (baños) de toda Turquía, fue usado durante cuatro siglos para las abluciones de la corte y por quienes acudían a rezar en las dos grandes mezquitas de Estambul. Con la llegada del siglo XX, los baños se convirtieron en un bazar de alfombras hasta que el 2003 se comenzaron los trabajos de restauración para devolver el edificio a su uso original.

Los baños turcos, al igual que los harenes, siempre ha evocado imágenes sugestivas en nuestra cultura occidental. Sin embargo, los hamanes -como se les conoce- son esencialmente baños públicos para asearse antes de acudir a la mezquita. Hoy en día, muchos turcos siguen lavándose en hamanes dos o tres veces a la semana, mientras conversan con amigos, una de las actividades favoritas del país. Además, para las mujeres, recluidas durante siglos en sus casas, el hamam era el lugar de encuentro por excelencia en el antiguo Imperio Otomano. También era el lugar donde las madres podían ver a las jóvenes desnudas y elegir, según la anchura de sus caderas, cuál sería la esposa la más adecuada para sus hijos.

A pesar de que ahora todas las casas en Turquía tienen baño propio y agua, el hamam sigue siendo la piedra angular sobre la que giran muchas tradiciones femeninas. Es imprescindible para una novia turca acudir a un haman antes del matrimonio, acompañada de sus amigas y sus familiares. Aquí la futura novia se prepara para su futuro: las amigas se encargan de lavarla, las mujeres mayores comparten consejos, se comen dulces y fruta y se escucha música. Otra tradición es el lavado del bebé. Tradicionalmente las madres y los recién nacidos no podía poner un pie fuera de la casa durante los 40 días posteriores al parto. Era una especie de cuarentena, tras la cual, la madre y su retoño acudían a un haman para lavarse. Aunque la tradición del encierro ha desaparecido casi por completo, todavía se celebra el lavado del bebe como una fiesta, con música y comida. Se desconoce si la Roxelana usó los baños. Murió en 1558, un año después de que concluyeran los trabajos. Indudablemente, el agua ha sido tanto en Oriente como en Occidente, una irrefutable prueba de amor.

 

 

 

 

 

lunes, 27 de junio de 2011

The place where dreams come true...

Jose Antonio Vargas ha salido dos veces del closet; la primera vez fue cuando confiesa valientemente que es gay durante una discusión en clase, frente al grupo de sus compañeros y el profesor. En ese tiempo, estudiaba la preparatoria y tenía apenas 18 años. Esta segunda vez, Jose Antonio ha ido más lejos: a los 30 años, e inmediatamente después de obtener el premio Pullitzer, reveló su situación ilegal y ahora enfrenta el peligro de ser deportado del país donde creció. “Estoy harto de huir, de andar corriendo, me siento cansado y exhausto” confesó Vargas; “ya no quiero seguir viviendo en estas condiciones”.

Su artículo “My Life as an Undocumented Immigrant” publicado el 22 de Junio de este año en el New York Times y sus declaraciones posteriores han dividido opiniones. Para algunos legalistas, habría que denunciarlo y deportarlo a su país natal, Filipinas, punto. Para otros, Vargas es considerado héroe y una voz influyente  que puede ser un punto estratégico que influencie la reforma migratoria. Tal vez antes de adoptar posiciones, sea conveniente tener la foto completa de esta historia.

Cuando Vargas tenía 12 años,  sus familiares pagaron a un “coyote” para que lo ingresara a EEUU y lo trasladara hasta California, entregándolo en la casa de sus abuelos. Vargas tuvo conciencia de su estatus ilegal algunos años después, cuando fue a solicitar su permiso de conducir y un empleado de la oficina de transito al revisar su tarjeta verde, la rechazó por ser una copia falsificada. Decepcionado, Jose Antonio confrontó a sus abuelos por su estatus ilegal en este país.  Inteligente y ambicioso, el joven destacó por grandes logros académicos en la preparatoria y se convirtió rápidamente en editor del periódico estudiantil; sus altas calificaciones llamaron la atención de directivos de la escuela preparatoria quienes al saber de su estatus ilegal, le ayudaron a obtener en Oregon su licencia de conducir y a través de una falsa tarjeta de seguridad social, consiguió oportunidades para realizar prácticas profesionales.

Con el apoyo de sus benefactores de la preparatoria, consiguió una beca que le permitió ingresar a la escuela de periodismo de la Universidad Estatal de San Francisco y finalmente con papeles falsos obtuvo empleo en La Crónica de San Francisco y en el Washington Post donde iniciaría una brillante carrera como reportero.  Su cobertura de los acontecimientos violentos en el Tecnológico de Virginia por parte de Vargas y su equipo noticioso, les hacen acreedores al Premio Pullitzer.

Es importante mencionar que el articulo de Vargas fue originalmente preparado para ser publicado en El Washington Post; sin embargo, al enterarse que no habían autorizado la publicación, Vargas contactó al New York Times, cuyos editores se dieron cuenta desde el principio que aquel reportaje constituía un importante material noticioso. El articulo muestra las contradicciones e ilustra al público estadounidense sobre la injusticia y la crueldad de las actuales leyes migratorias.

El debate que ha despertado este artículo es feroz porque muestra que los inmigrantes ilegales en este país ya no se dedican a lavar platos, ni a recoger zanahorias y tampoco a cuidar niños, sino que una mayoría creciente, ostenta títulos universitarios. Vargas forma parte de los millones de inmigrantes que -siguiendo una vieja tradición estadounidense- están transformando el país y contribuyendo a su progreso. La población hispana, por ejemplo, se va a triplicar en los próximos 50 años. Su poder adquisitivo se incrementa a una tasa tres veces mayor que el promedio nacional, al igual que su ritmo de creación de nuevas empresas. La clase media hispana de Estados Unidos es hoy una de las de mayor crecimiento del mundo: en 20 años aumentó un 80%.

El futuro de Vargas es incierto, como también incierto para legales e ilegales, la construcción del famoso sueño americano; este país hace mucho dejó de ser The place where dreams come true…leyenda que solo es creíble en los parques de Disney.

 

 

 

 

 

lunes, 13 de junio de 2011

Sin tener que pedir disculpas...

Estoy francamente harto de oír los calificativos y alegorías que normalmente usamos para referirnos al éxito y a la fortaleza de una mujer; expresiones como “Es una mujer con muchos pantalones” o peor aún, “Es una mujer pero tiene los huevos mas grandes que cualquier hombre” La pregunta es ¿Por qué debemos usar epítetos masculinos para evidenciar que una mujer triunfa y logra metas?  Tal vez porque vivimos en un mundo regido y diseñado por y para hombres, y todo lo que se separa, se aleja o se diferencia de éste,  o no tiene cabida, o no existe, o tal vez si existiera, es porque ha decidido jugar las reglas masculinas del juego.  Me desesperan también afirmaciones como “Ella es la primer mujer en ocupar tal o cual puesto” porque esta afirmación resta méritos a la persona designada y el género se traduce como una cualidad destacada y como una justificación de apertura. La expresión común que escuchamos para elogiar el papel de una mujer que dice  “atrás de un gran hombre hay una gran mujer” me parece totalmente fuera de lugar.

Mi abuela hizo sus estudios universitarios en 1927 en Francia; a su regreso a México, pago el precio de haberse anticipado históricamente; al recibirla, mi bisabuelo, un hacendado porfirista que había perdido su hacienda y la mayoría de sus bienes durante la revolución,  le dio dos opciones: “o te casas o te vas al convento”. Mi abuela eligió el matrimonio y tuvo a mi madre a quien educó con gran fortaleza; fue ella quien la impulso a estudiar en la universidad y a ocupar puestos políticos en 1945. Ambas detestaban oír que mi madre al escalar peldaños  era “la primera mujer en ocupar tal o cual puesto”; yo crecí escuchando que en la vida, el espacio no debe ser exclusivo ni único del hombre. En 1974, cuando iba a la mitad de mi carrera de ingeniero industrial, di un giro y me cambie de carrera; ingrese a estudiar Comunicación, en donde la mayoría del alumnado eran mujeres; fue ahí donde las enseñanzas de mi madre y mi abuela surtieron efecto. Ambas me prepararon a apreciar y a respetar las diferencias de género; posteriormente, al concluir mis estudios de posgrado en Estados Unidos y regresar a México, trabajé en una universidad regida por un pensamiento que privilegiaba la lógica lineal; siendo humanista, pude vivir en carne propia la prevalencia de una institución diseñada por y para ingenieros; fue muy complicado obtener la aprobación y lograr el éxito; tuve que aprender las reglas de ese juego. Aprecio la vida con una visión distinta, porque fui sustentado en otros hombros, y no en las figuras tradicionales y me siento dichoso de haber llegado este momento en donde hablo y escribo sin remordimientos y sin tener que pedir disculpas.

 

 

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lunes, 6 de junio de 2011

Saber, para contarla...

“Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.” Juan Rulfo.

 

Discutí inútilmente con la empleada del mostrador de American Airlines; todo fue inútil. Me dio el asiento 25 A, pegado a la ventanilla en vez del pasillo; abordé el avión resignado a no poder estirar las piernas en aquel minúsculo asiento; afortunadamente el avión despegó de la Ciudad de México a tiempo. No tenia sueño, así que poco tiempo después, cuando habíamos cobrado altura, abrí la ventanilla y miré hacia abajo: vi con tristeza aquella tierra árida, estéril y gris; esa tierra desértica de México sirve ahora solamente de refugio a los maleantes; es lamentable que la principal función de las zonas desérticas consista en ofrecer opciones de circulación al narcotráfico.

En 1910 el 80% de los habitantes de México vivía en el campo; esa proporción se ha invertido. Salvo en las zonas fértiles, el campo es una desolación donde apenas se produce. La propiedad colectiva de la tierra, el ejido, impide la inversión privada. El reparto agrario posterior a la Revolución Mexicana, fue en buena medida una operación demagógica que aniquiló las antiguas unidades productivas. La tierra se subdividió en predios inservibles: de peones sometidos, los campesinos pasaron a propietarios inermes. Rulfo lo evidencia en su cuento “Nos han dado la Tierra”:

“El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:
        —No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
        —Es que el llano, señor delegado...
        —Son miles y miles de yuntas.
        —Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
        ¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo     estiraran.
        —Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.
        —Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.
        —Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el llano... No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho... Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos...
        Pero él no nos quiso oír.
        Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terrenal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando”.

En 2011, el narcotráfico dispone de un país vacío: tierra de nadie. Al mundo no le faltan mexicanos, pero sí al campo. En tiempos de tecnología y pobreza, los terrenos sin nadie ofrecen refugio local a la ilegalidad globalizada que se planea en computadora. Hace cuatro años el presidente Felipe Calderón inició la guerra contra el narcotráfico. Dependiendo de los conteos, ha habido entre 23.000 y 32.000 muertos. Estábamos sentados en dinamita y Calderón encendió un cerillo para comprobarlo. En la escalada de la violencia ha surgido el narcoterrorismo que ataca a la población civil: lanzamiento de granadas hacia edificios públicos, miles de inocentes acribillados por estar en el lugar incorrecto a la hora incorrecta, bloqueo de todas las vías de acceso en algunas ciudades de México, entre otras atrocidades. El economista David Konzevik señaló: "El principal problema económico de México es la ocupación. Lo grave no es que se pierdan empleos formales, sino que los desempleados tienen otras opciones y todas son ilegales". El tráfico de drogas, las armas, y la delincuencia son las opciones de las que habla Konzevic.

La edad predominante en México es de 16 años. ¿Qué horizonte aguarda a los jóvenes? No hay opciones laborales, educativas, religiosas o deportivas que brinden un sentido de pertenencia tan fuerte como el crimen organizado. Incapaz de incluir a los jóvenes, el Estado tiende a criminalizarlos de antemano como "delincuentes juveniles". Esto ha operado como una profecía que se cumple a sí misma: los carteles les han ofrecido identidad y códigos compartidos. El saldo más extraño de la batalla contra el narco es que desconocemos a protagonistas decisivos. Es poco lo que sabemos del Ejército y las distintas perspectivas que ahí se tienen. Pero sobre todo, es nulo lo que sabemos de Estados Unidos. La DEA ha brindado celebridad a los capos mexicanos. Esta política exterior no tiene un correlato interno. El vecino del norte, principal consumidor de drogas y exportador de armas opera en la sombra. México aporta los muertos, es decir, las historias. ¿Dónde está la otra parte de la narrativa? Lo ignoro; quisiera saber, para contarla…

 

 

 

 

martes, 31 de mayo de 2011

Leonora, la novia del viento...

Leonora siempre fue una rebelde. Desde niña -la expulsaron varias veces de los colegios- y hasta sus noventa años, seguía desafiando al tiempo. Su lucha por ser ella misma le llevó a ser despreciada por su padre y encerrada en un hospital psiquiátrico en 1940, al acabar la Guerra Civil española. Un destino habitual para aquellas mujeres que querían ser, por encima de todo, ellas mismas, con iguales derechos que los hombres. Por eso Leonora, nada loca, creía ser un caballo ("no una yegua"), la figura que ha ocupado buena parte de su obra artística. Tras una vida agitada, protagonizando escapadas y huidas de un país a otro, Leonora Carrington vivió sus últimos años casi recluida. En su retiro, una casa de la Colonia Roma de la Ciudad de México, Leonora falleció poco después de cumplir los 94 años

Su adinerada familia aspiró a casarla con un miembro de la realeza británica y fue presentada como debutante en la corte de Jorge V. Leonora escribió una historia demoledora contra las pretensiones familiares. Estudió en la galería Uffizi en Italia, y más tarde en París, donde tuvo como primer gran maestro al cubista Amédée Ozenfant.  En Londres, se relaciona con el grupo de artistas surrealistas, se enamora a primera vista del gran pintor alemán Max Ernst. Abandonan a sus familias y se van primero a París y luego al sur de Francia, donde su felicidad es arruinada por la invasión nazi. Ernst es detenido -primero por la policía francesa y luego por la Gestapo- y Carrington busca una salida en España. Se derrumba psicológicamente y por influencia de su padre, el cónsul británico en Madrid, es internada en el hospital psiquiátrico donde es sometida a un tratamiento farmacológico tan brutal como el electrochoque.

Huye a Lisboa y se refugia en la Embajada de México. Se casa de inmediato con el diplomático y poeta Renato Leduc, que la libera del control familiar, de Ernst y de la Europa nazi. Instalada en Nueva York en 1941, Leonora, la niña bonita de André Breton continúa su relación con el grupo surrealista en el exilio. Al cabo de poco tiempo la pareja decide establecerse en México, el país del "surrealismo natural". Su creatividad y actividad imparable la convertirán en polo de atracción e inspiración para los artistas latinoamericanos: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Alejandro Jodorowski... todos ellos y muchos más fueron tocados por su varita de maga. Comparte travesuras y libera pictóricamente a la surrealista española más destacada, Remedios Varo.

Leonora encuentra su línea de expresión con los surrealistas, pero desafía el encasillamiento. Atractivos siempre al ojo, sus cuadros están poblados de figuras y estructuras complejas que tratan de mostrar y explicar su propia vida. La mitología celta, la cábala, los juegos surrealistas... fueron sus recursos para revelar, en lo pictórico y lo literario, un mundo absolutamente original. Pero la mujer que huyó de su casa y de un país a otro para ser fiel a sí misma,  prefirió en los últimos años la discreción y la intimidad. Su vida y su memoria están llenas de un viento fresco y cambiante que perdurará; tal vez por eso le han llamado “la novia del viento”.

 

 

lunes, 23 de mayo de 2011

Una Odisea distinta...

Recuerdo de niño caminar por las calles polvorientas del pueblo, hasta llegar a aquella oficina de camiones de pasajeros, nuestro único medio de transporte, y ver aquellos autobuses inmensos, que me prometían el futuro. “Un día, tomare un Flecha Roja y me iré” me decía a mí mismo. El desplazamiento ha sido mi modus operandi y siento que mi viaje continúa y que no me detendré nunca.

La primera persona que me recomendó la vida nómada fue mi abuela. “Ya nomás que crezcas, tienes que irte del pueblo y echarte a rodar por el mundo; acuérdate: jamás te guardes lo que tienes ahí adentro, tienes habilidad para hablar y para escribir, Luisito” me decía. “No abuela, no me gusta hablar porque cuando hablo, los niños dicen que pareciera que tengo gripa” replicaba. “Déjalos, no les hagas caso, después de todo, la gripe no es una enfermedad, sino una condición del alma; tú no te preocupes y habla”. Dejé  de preocuparme por mi voz nasal desde hace mucho tiempo, pensando que ésta refleja la emoción de los acatarrados y que aun estos, tienen derecho a expresarse.

Escribir fue un proceso que me llevó más tiempo; durante años sentía que al hacerlo, era como correr el riesgo de desnudar mi alma, y no estaba dispuesto a exhibirme; ni siquiera mis estudios doctorales de lingüística me libraron de tal aversión; fue el miedo a que los monstruos del olvido afectaran mis memorias lo que me impulsó a soltar la pluma y a arrimar el alma; es mi afán de exorcizar los fantasmas y a vencer la traición de la memoria lo que me mantiene escribiendo semanalmente. En mi escritura trabajo con cuchillos y permito a veces que algunos se me encajen. Estas heridas y sus efectos son más importantes que mis trucos del lenguaje: A veces quisiera decir a mi abuela:”No pasa nada, solo estoy sangrando".

Mi voz y mis letras confirman la enseñanza de los trovadores cátaros del siglo XII: las pasiones sean correspondidas o no, me inspiran siempre. Yo vivo de mis pasiones; hablo y escribo porque mi gran pasión es querer cumplirle a mi abuela. Sin embargo, en mi voz oral o escrita, no hay nostalgia por mi lugar de origen; admito que la Odisea se narra de modos distintos: Ulises vivió para regresar a Ithaca; yo no anhelo regresar a mi pueblo…